Dossier sobre Aldo Pellegrini

(Reseña sobre la poesía de Aldo Pellegrini publicada en el dossier que le dedica la revista Sala grumo. Gracias a Guido Herzovich por contar con una servidora. El texto es muy largo, así que sólo va el principio. El resto, aquí.)

De qué hablamos cuando hablamos de poesía [surrealista]

                                                                        Estaba en llamas cuando me acosté. Ch. G.

Se ha escrito tanto sobre Aldo Pellegrini. Sobre su labor de agitador cultural, sobre sus traducciones, sus antologías, sus revistas, el incansable apoyo a sus compañeros. Y, ante todo, la fundación, en 1926, de ese ya mítico primer círculo surrealista fuera de Francia. La historia es ya conocidísima y de ella hablan, brillantemente, los dos textos que acompañan esta reseña, así que no me voy a detener en ello acá.

Quiero, sí, detenerme en algo sin duda menos extraordinario, quizá más sutil, como son las palabras que indefectiblemente acompañan a su nombre. Abra una enciclopedia por la letra P o haga el equivalente digital de googlear su nombre; busque artículos sobre él en publicaciones académicas. En cualquiera de las entradas que mencionan a Pellegrini leerá, junto a su nombre, como mínimo y en orden aleatorio, las ocupaciones de traductor, ensayista, crítico de arte, médico y, por supuesto, poeta. Este por supuesto debe leerse con un tono un tanto irónico. Porque lo cierto es que si algo sorprende al revisar lo que se ha escrito sobre Pellegrini, es que sobre su poesía no se ha dicho prácticamente nada. Con la excepción de un artículo en el que Gustavo Sánchez realiza un análisis de dos poemas de El muro secreto, la mayoría de textos mencionan su obra poética en passant, después de haber dedicado párrafos y párrafos, ahí sí, a citar sus artículos programáticos. La referencia suele ser algo así como “y todo esto que se desprende de sus textos sobre la escritura y la vida surrealista se refleja, claro está, en sus composiciones poéticas”. Como mucho, algunos textos se dignan a citar un poema, quizá dos. Y ahí termina todo.

Bien pensado, esto no debería extrañar a nadie: es ya costumbre que a la poesía –sobre todo en el campo académico y sobre todo en este país desde el que escribo– se le preste una atención residual. Lo que es más sorprendente es que, en La valija de fuego –ese cuidado volumen publicado por la editorial Argonauta en 2002 y dedicado, exclusivamente, a su obra poética- los textos de otros autores que la acompañan perpetúen esa costumbre de pasar por alto su poesía. Es paradigmático el texto de Rodolfo Alonso: la clara admiración por Pellegrini -su “misteriosa capacidad de intuir a fondo nuevas voces”, la “nitidez y la honestidad de su inteligencia”- parece nublarse cuando se trata de hablar de su poesía. Así zanja Alonso la posibilidad de referirse a su labor poética: “Ese mismo espíritu insubordinado e insobornable con el cual se asomó a (y que se nos asoma en) su poesía. Y que sería pretenciosamente inútil imaginar posible de ser iluminado, aquí, por vía de análisis. Algo que no está ni en mis capacidades ni en mi ánimo y que, lo que es mucho más importante, él no se merece.

La cursiva es del propio texto, pero me viene muy bien para apoyar mi argumento: ¿por qué Pellegrini no merecería que su poesía sea analizada? ¿Y por qué sería pretenciosamente inútil imaginar que es posible iluminar cualquier aspecto referente a un poeta por medio de análisis? No es mi intención poner en cuestión el texto de Alonso, sin duda una de las personas más acreditadas para escribir sobre Pellegrini, tanto en lo personal como en lo intelectual, pero el pasaje me parece paradigmático de ese silencio ante su poesía del que vengo hablando.

Tengo varias hipótesis acerca de este silencio. Enumerarlas sería una buena manera de seguir en los arrabales de la poesía de Pellegrini y añadir así este texto a la lista de aquellos que la circundan, pero nunca la asaltan. Por eso quiero centrarme sólo en una de las posibles razones del silencio, acaso la única que me atañe a mí, directamente, en mi condición de crítica. ¿Qué posición adoptar a la hora de leer la obra de un autor cuya poética parece ya haberlo dicho todo sobre el resto de su producción literaria? Si esta pregunta se impone a la hora de abordar la obra de cualquier escritor, en el caso de Pellegrini se vuelve más problemática debido a su declaradísima adhesión al surrealismo. La cuestión no se reduce a cómo incorporar -o cómo no hacerlo- los elementos críticos que el propio surrealismo aportó en sus textos programáticos, sino a cómo tratar con su propia esencia negadora de cualquier distinción entre obra y vida -es decir, entre el autor empírico y su texto. Es obvio que estas cuestiones no son exclusivas del surrealismo, sino que son inherentes, para empezar, a los movimientos de vanguardia en general. Lo cierto es que, ante un movimiento cuyo mayor aporte fue situar al sujeto en el centro del proceso creador -con la atención al inconsciente como punta de lanza-, la pregunta pasa a ser más apremiante: ¿es posible leer poesía surrealista fuera del surrealismo? Y en caso afirmativo, ¿por qué y para qué?

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