Carta al ministro

Estimado Señor Gallardón:

Soy una hija de la Transición. Nací en 1982, el año del famoso naranjito y de la mayoría absoluta del PSOE. Una vez en el tren mi madre me tuvo que pedir que bajara la voz porque había visto un cartel de Txiki Benegas y me puse a corear su nombre a todo pulmón. Así era el PSOE de entonces: un partido simpático, campechano, capaz de emocionar a una niña de siete años. Qué le voy a contar a usted. Más o menos de la misma época es mi primer recuerdo de la actualidad internacional: en la mesa del salón, mis padres mirando la televisión con cara de incertidumbre: caía el muro de Berlín.

Le cuento esto porque, como buena hija de la Transición, mi relación con la política tiene dos características claras: una, que yo aprendí de política por cosas que pasaban en otros lugares del mundo. Le hablo de política real, la que produce cambios, la que emociona; un día, ya en los 90, encontré en aquel salón un libro de Neruda, y allí leí sobre Allende y el golpe de Estado de Pinochet y me declaré a mí misma socialista, pero de las de verdad, y empecé a aprenderme canciones como Venceremos. No sé si usted la conoce, yo una vez se la oí cantar a Quilapayún en directo. La segunda característica es la otra cara de la moneda: si la política real pasaba fuera, todo que pasaba cerca era mera anécdota personal, mera circunstancia. Mientras yo miraba al otro lado del Atlántico, seguía el País Vasco en pleno conflicto político -que se nos daba masticado como lucha entre buenos y malos-, y se estaba dando a mi alrededor la crisis de la segunda reconversión industrial. La empresa de mi padre cerró, pero todo eso lo viví sin drama, sobre todo sin contexto. Mi padre había sido sindicalista, pero de nada de eso se hablaba. Cuando, irremediablemente, se empezó a ver que la niña les había salido roja, en casa se empezaron a escuchar los notesignifiques de rigor.

Yo sé, señor ministro, que usted anda mal de tiempo y que esta carta se le está haciendo ya larga y que debería estar legislando en lugar de tratando de adivinar hacia dónde va todo esto. Todo esto, se lo adelanto ya, va de feminismo, claro, pero para llegar a contarle eso necesito contarle antes otras cosas. Pero seré breve: por eso le ahorraré la historia de cómo empecé a militar cuando un plan de reordenación nos echó de nuestra escuela -una escuela pública, de barrio, conseguida por los vecinos a base de sentadas–, y cómo, con trece años, entendí yo lo que era unirse, escribí cándidas cartas al director, hablé en representación de mis compañeros en manifestaciones. Le ahorraré también mis historias de militancia en la universidad –una pena, señor ministro, porque fue una de las mejores épocas. Solo le diré dos cosas: que su partido nos dio muchos motivos para la lucha; y que nunca, nunca me fié de usted. Una vez tuve que viajar a Madrid para una reunión de organización de mi partido –y sí, señor ministro, yo también tuve un partido– y se lo dije a un compañero, cuando usted era presidente de la comunidad (de Madrid), que yo no me fiaba. Y él se sorprendió; qué raro, me dijo, yo pienso lo mismo pero aquí todo el mundo dice que es un pelele.

Me lo dijo un compañero. En aquellos tiempos, señor ministro, yo tenía, sobre todo, compañeros. Ni se me pasaba por la cabeza la posibilidad del feminismo –siempre pensé, y siempre dije, que mi lucha estaba ahí, en la calle, junto a mis compañeros hombres, mostrando que éramos iguales. Como andamos mal de tiempo, tampoco le voy a contar la historia de mis idas y venidas, pero el caso es que me fui a Francia y luego a algunos sitios más y hace 5 años que vivo en Nueva York. No se preocupe que no le voy a hablar de la fuga de cerebros, ya sé que no es su competencia, y además, la verdad sea dicha, mi cerebro es más bien del montón y yo me fui hace 10 años, en la época de vacas gordas. Lo que sí le quiero contar, y ahora es donde la historia se pone más interesante, es que desde que estoy en Nueva York mi militancia política ha sido casi inexistente. Que he ido, claro, a manifestaciones y a reuniones, pero que la verdad es que no he encontrado un lugar de militancia donde me sintiera en mi sitio, y eso me dolía, mucho.

Hace un par de años, en mis regresos a Bilbao, empecé a hablar de feminismo con mi hermana, que estaba recién convertida. Hice un curso de autodefensa feminista, empecé a leer. Pero fue sobre todo este verano que pasé en Madrid. Imagínese, señor ministro, llegué a Barajas a las 6 de la mañana y a las 8 de la noche estaba cortando la Castellana, justo enfrente del ministerio de sanidad, que no es el suyo, ya lo sé, pero estábamos ahí protestando contra esa ley del aborto que tan suya es. No se imagina, señor ministro, lo que fue ese verano: leer, manifestarme, ocupar, y sobre todo hablar, mucho, con muchas. Empecé a mirar hacia atrás y a dar un sentido nuevo a palabras que me dijeron, a maneras en las que me miraron, a actitudes con las que respondieron muchos, muchos de mis compañeros. Cuando una toma conciencia del feminismo, no hay vuelta posible.

El sábado pasado, en Nueva York, nos concentramos en frente del consulado para protestar contra su ley. He perdido la cuenta de las manifestaciones contra su ley a las que he ido, pero es que, señor ministro, ésta era especial. Porque era en Nueva York y -se lo acabo de decir- yo aquí no tenía un espacio de militancia, ni un grupo, ni nada. Pero fue salir su ley y nos empezamos a organizar, y gente que no se conocía se unió y montamos una concentración hermosa. Y ahora hemos formado, se lo puede creer, un grupo y ya nos estamos organizando para el 8 de marzo.

Supongo que ya sabe por dónde van los tiros. Pero se lo voy a explicar de todas maneras. Usted va a seguir adelante con su ley, ya lo sabemos. Sabemos que después de las europeas la modificará un poco, quizá añada el supuesto de malformación del feto y así acalle a la gente, porque oiga, al fin y al cabo, habrá escuchado a la sociedad. Algunas tenemos suerte y vivimos fuera. Otras tal vez vengan a visitarnos para abortar de manera segura; las que no puedan pagarse el viaje harán otras cosas que serán peligrosas, y que, sabe, señor ministro, a veces matan. Claro que lo sabe. Después llegará otro gobierno y modificará su ley. Y nosotras, las que nos unimos ahora, las que despertamos al feminismo durante su ridícula ceguera autoritaria, reclamaremos entonces, como lo hicimos el sábado, el aborto libre. Lo que le quiero decir, señor ministro, es que debería darse cuenta de que, con su ley, muchas estamos entendiendo, profundamente, qué es el feminismo.

Pensará que qué más da, que al fin y al cabo yo ya estaba perdida, todas esas historias de militancia que no le he contado. Pero sabe, señor ministro, hace tiempo que conozco a mujeres que nunca habían salido a la calle para ninguna manifestación. Ayer una amiga me llamó para decirme que estaba harta de tener que pedir permiso al poder patriarcal de turno para hacer cualquier cosa. Patriarcal dijo, así como lo lee. Ya sabe cómo son estas cosas, se ve una libre un día y quiere serlo siempre. Es pensar un segundo sobre su proyecto de ley y automáticamente entender cómo opera todo el sistema de micromachismos y macromachismos que nos siguen creyendo seres sin autonomía, incapaces de decidir por nosotras mismas.

Si no fuera porque detesto todo lo que usted representa, le daría las gracias, señor ministro, por haber creado una ley que nos ha hecho, a tantas, despertar. Pero claro que no: su ley es una hipocresía y un despropósito; y este despertar nos pertenece, solo, a nosotras. Yo sólo quería avisarle.

Vaya con su dios, señor ministro.

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2 pensamientos en “Carta al ministro

  1. Yo creo que alguna vez en el instituto dijimos aquello de “nosotras parimos, nosotras decidimos”, entre risas, solo como recordatorio de esa lucha feminista que inocentemente creíamos tan superada. Y he aquí que hoy me he encontrado en una manifestación de verdad, gritando esa misma consigna y siendo consciente de lo que significa. Recien estoy empezando a entender yo también lo que es el feminismo, a distinguir los micromachismos (y no tan micro) de los que las mujeres, en este país tan moderno, somos victimas. A reconocer por fin que odio que un hombre me trate con condescencencia, sobre todo en el ámbito laboral. Y no me río, no. Así que sí, que vaya el señor ministro con su dios o con quien quiera, que yo aquí me quedo, a defenderme de él, de su dios y de quien haga falta.

  2. He leído con atención esta breve historia personal que recoge como justificación para su consolidación en la ideología feminista la nueva propuesta de modificación de la ley del aborto para España. Ese relato me inspira algún comentario que me gustaría expresar: Empezaré afirmando dos certezas que concurren en mi persona, la primera, que tengo sesenta y seis años, lo que no quiere decir mucho, pero si que ese tiempo me ha permitido tener un conocimiento de lo qué es la vida. La segunda, que al no tener una ideología política definida me cuesta entender lo de derechas e izquierdas,sin embargo, he logrado entender las actitudes de las personas para lograr ese fin común que es su bienestar y su felicidad.Conocida mi persona paso a comentar lo que la ley del aborto ha traído como enfrentamiento; el derecho a la libre disposición del propio cuerpo (aborto libre) y el derecho a la vida. Es cierto que toda persona tiene el absoluto derecho a hacer uso de su cuerpo de la manera que mejor lo considere conveniente, aunque existan normas restrictivas, pero, como dice el enunciado, de su propio cuerpo, no de uno ajeno.Lo expreso así porque entiendo que lo que contiene el vientre de una mujer, cuando uno de sus óvulos ha sido fecundado, es un nuevo cuerpo, un nuevo ser, perteneciente a una nueva vida, desde el inicio, e intentar eliminar ese cuerpo es atentar contra una vida ajena, aunque ésta sea dependiente de la otra.No entro en detalles respecto a las diversas maneras que actualmente existen para evitar los embarazos, incluso aquellos que han sido provocados en contra de la voluntad.
    Cuando una persona hace disposición libre de su cuerpo, normalmente lo hace buscando un beneficio para él y nunca para maltratarlo, salvo casos muy especiales.No debemos confundir nuestro cuerpo, el que nos pertenece, aquel que empezamos a tener desde nuestra fecundación (esto es naturaleza que está sobre cualquier disposición legal u opinión personal), aquel que nuestras madres cuidaban como suyos,sin pertenecerles,haciendo de su vida algo mas importante en consideración a la nuestra. Así pues, no sólo la afirmación científica, sino también, la intuición maternal, humana, confirman la existencia de un nuevo ser -un nuevo cuerpo, una nueva vida- en el embarazo de una mujer.Insisto pues, tenemos derecho a la libre disposición de nuestro cuerpo, incluso de nuestra vida, que es nuestra -es lo que pienso- pero no de un cuerpo ajeno, de una vida ajena (una violación, un asesinato) que es lo que tiene un no nacido.
    Por el convencimiento de que ese ser no nacido tiene un cuerpo y una vida propios, el atentar contra ellos, supone atentar contra una vida ajena y eso es un delito.
    Respecto a la nueva ley del aborto,ésta permite tal acto con sus debidos matices, que se puedan incluir algunas otras consideraciones, seguro que si, pero,solicitar un aborto libre, so pretexto de la propiedad del cuerpo NO, por todo lo anteriormente expresado.

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