Por qué he cambiado de opinión en cuanto al lenguaje sexista

O sea, por qué antes sí y ahora no.

Empiezo por lo primero: antes, el lenguaje inclusivo me parecía un despropósito. Y en cierto sentido sigue pareciéndomelo: es que, en general, se usa muy mal. El alcalde o la alcaldesa del pueblo empieza hablando a los queridos ciudadanos y a las queridas ciudadanas y en la segunda frase ya se ha olvidado de los buenos propósitos y ha excluido a la mitad del pueblo de su bombardeo de adjetivos. Y así con todo. O con casi todo. Porque bien podía haber dicho querida ciudadanía y se habría ahorrado papel, tiempo y molestias. Pero el lenguaje inclusivo, sí, cuesta trabajo. Hay que pensar, encontrar tropos para no definir genéricamente (aquí estoy hablando de gramática, digo, por si acaso), y eso cuesta tiempo. Y, sobre todo, estilo. Aquí entro yo, que no soy ni seré alcaldesa, pero que sí escribo para que me lean. Es muy complicado, cuando una es escritora, tener que elegir entre estilo y subversión. Y bueno, ahí está la lucha.

Por otra parte -y aquí sigo con el antes- yo estudié filología. A mí me enseñaron a creer en las reglas. Las reglas, sobre todo cuando una tiene que trabajar de editora, vienen muy bien: son rápidas, son útiles, no dejan espacio para grises. La RAE saca nueva gramática, protestamos uno o dos días por la pérdida del acento en unos cuantos adverbios, nos indignamos con el camino que está tomando la academia, que si dentro de poco van a hacer desaparecer la v, que si la gramática francesa es mucho más prescriptiva y luego mira qué bien les va, etc. Y luego les hacemos caso o, como mucho, seguimos poniendo acento en sólo, o en ésta, y ahí nos sentimos en el colmo de la subversión, porque estamos llevando hasta sus últimas consecuencias el que la RAE las haya incluido como consejos, y no como reglas -cuando la RAE saca nueva gramática, hay reglas que son reglas (“propuestas normativas”, las llaman) y reglas que son consejos, que una puede elegir seguir, o no. A lo mejor ya va siendo hora de que pase a escribir en singular: yo sigo escribiendo como me da la gana cuando la RAE aconseja, pero si saca nuevas reglas, me parezcan bien o no, las cumplo a rajatabla. Nunca, en los 4 años de carrera de Filología, me invitaron, ni me invité yo misma, claro, a cuestionar esas reglas: de dónde venían, quiénes las hacían. Nuestro trabajo era conocerlas, admitirlas, seguirlas.

Hace años que las únicas preguntas que me hacen como filóloga son o sobre acentuación, o sobre lenguaje inclusivo. Hasta hace poco, mi respuesta era tan normativa en un caso como en el otro: aguda acabada en n, s o vocal, acento; en castellano, el neutro se expresa con el masculino -no es que haya una sola forma, es que el masculino y el neutro coinciden, RAE dixit. Baita zera ere.

El año pasado, en un taller de autodefensa feminista, hicimos un ejercicio para ver hasta qué punto estaba enraizado en nosotras el lenguaje sexista -en el taller, de más está decir, éramos todas mujeres, y éramos todas feministas. Yo caí, y estuve mucho tiempo buscando una explicación complicadísima a algo que era, simplemente, un síntoma de cómo el lenguaje está masculinizado e invisibiliza a la mujer. Y ahí supongo que algo empezó a cambiar. Pero fue sobre todo este verano -tantas cosas, este verano-, hablando con amigas, cuando me di cuenta de que lo que yo veía tan claramente en otras facetas de la vida, no lo veía en el lenguaje. Que los mecanismos de control que ejerce en nosotras el Estado -o el poder, o son lo mismo, esto lo dejo para otro día- al abocarnos desde niñas al sueño del amor romántico, por ejemplo, son los mismos mecanismo que ha usado desde tiempos inmemoriales para controlar cómo pensamos, es decir, cómo decimos el mundo. Y cómo nos dice, o nos deja de decir, el mundo. El masculino es el neutro porque el idioma se ha construido desde lo masculino, porque ha ido dejando de lado palabras y seleccionando otras, porque las marcas de prestigio las define quien tiene el poder de decidir qué es el prestigio. Por eso tu bolso Louis Vuitton en el aeropuerto señala que viajas en primera, a pesar de que esté hecho del mismo plástico, y probablemente en el mismo taller clandestino, que el bolso que compró en el mercadillo quien está detrás de ti en la fila.

Yo no iba a escribir sobre esto, en realidad. He empezado a pensar sobre el idioma porque hoy estaba trabajando en un artículo y me sentía medio rara al escribir la palabra subvertir, y ahí, claro, he acudido rauda al diccionario de la RAE y me he encontrado con esto:

 subvertir.

(Del lat. subvertĕre).

1.      tr. Trastornar, revolver, destruir, especialmente en lo moral.

MORF. conjug. c.  sentir.

Pero no me he quedado contenta, la verdad. ¿En lo moral? ¿Qué es eso de lo moral? No sé si la palabra moral, de hecho, debería tener cabida en un diccionario serio. Demasiado tufillo católico – ¿Qué diría un diccionario de un idioma nacido en un contexto protestante, por ejemplo? Y he aquí la definición del Merriam-Webster:

sub·vert transitive verb \səb-ˈvərt\

: to secretly try to ruin or destroy a government, political system, etc.

: to make (something) weaker or less effective

 Ni una mención a lo moral, claro, ni un juicio, con todo lo que el inglés tiene, por supuesto, de idioma de imperios y colonialismos –igual que el castellano, por otra parte. Pero la masculinidad que sigue definiendo nuestro idioma no puede ocultar su inquebrantable lazo –consciente o inconsciente, lo mismo da– con el catolicismo, ese mismo que la semana pasada publicaba Cásate y sé sumisa. Al fin y al cabo, sus orígenes son los mismos.

 A lo mejor ahora que el gobierno heredero de Franco –hoy es 20N, no se me pasa la fecha– lleva hasta las últimas consecuencias la represión del disenso, de la rabia, de la rebelión, nuestro último resquicio de resistencia sea, sí, subvertir el idioma. Ir minándolo, haciéndolo reflejo de lo que queremos ser en lugar de reflejo de eso que nos quieren obligar que seamos. Espero que no. Que ésta siga siendo, sólo, una de las luchas.

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