El que piensa transmitir un arte, consignándolo en un libro, y el que cree a su vez tomarlo de éste, como si estos caracteres pudiesen darle alguna instrucción clara y sólida, me parece un gran necio; y seguramente ignora el oráculo de Ammon, si piensa que un escrito pueda ser más que un medio de despertar reminiscencias en aquel que conoce ya el objeto de que en él se trata. [Y hasta aquí el título]

Con la vuelta mía a estar comunicada con el mundo exterior, pasaron dos cosas. Una, que me encontré con gente que hacía mucho había perdido de vista. Y dos, que me acordé de cosas que había escrito sobre esa gente y que confirman esa reticencia de Sócrates hacia lo escrito: cuando se escribe algo, se deja de recordar.

Encontré, por ejemplo, esto sobre Q.S., que me dio mucha ternura.

Quedarse (Q.S.)

Me llamaba francesa imitadora de uruguayos, a mí, que acababa de aterrizar en París y que había copiado mi acento de las pocas grabaciones deCortázar que había escuchado. Decía que sólo los franceses, sólo Truffaut y Brel y Delon, nos subíamos el cuello de la chaqueta cuando caminábamos hacia la Gare de l’Est. Ahí empezaba mi intento de explicación, que si Brel era belga y yo del centro de Bilbao, pero él insistía, y quién se pondría un abrigo hasta los pies si no fuera para entonar con esta ciudad de nostalgia.

Nos vimos tantas veces pero nunca nos dimos cita. Durante aquellos primeros meses aprendí a interpretar esos encuentros casuales como un estar precisamente donde y como había que estar; encontrarse, como algunos dicen, por azar, era tener los ojos bien abiertos a la vida. Después, los años me lo han ido confirmando, pero el inicio estuvo allí, en aquel paraguas que sacamos a pasear un día de sol al Parc Montsouris sin miedo al ridículo de repetir lo que sin duda era común entre todos los aspirantes a escritor que llegábamos a París.

Qué quedará ahora de aquel que sólo consiguió hacerme leer una línea de Saer, que me regaló a la Pizarnik para convencerme de que las despedidas no existían. Dónde fueron a parar los instantes de luz con aquel platense que nunca supo bailar tango en la estaciones del RER.

No cómo ni por qué se detuvieron, sino dónde, a qué lugar preciso fueron a parar.

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