La revolución de la hierbabuena

Ayer estaba cocinando un ceviche de camarón, receta ecuatoriana que me llevé de Madrid, para una cena improvisada con amigos, quizá para despedir el buen tiempo. Era el primer día que prendían la calefacción y, como dice Osvaldo, cuando la prenden por primera vez, una ya sabe que no hay marcha atrás. Así que llega el invierno, y más tiempo en casa, y a mí me faltaba mostaza, ingrediente básico para el ceviche, y cómo va una a bajar a la calle con este frío. Así, claro, salí a la escalera, a hacer eso que tantas veces he hecho -pedirle un poco de harina a Tomasa, un poco de perejil a Merche.

Desde que vivo en Nueva York, he salido a la escalera en todas las casas en las que he vivido. No recuerdo ninguna vez en que los vecinos abrieran la puerta, a pesar de los ruidos de platos dentro, o de la radio encendida. Yo sigo llamando. Ayer, lo mismo. Nadie en mi piso, el cuarto, claramente habitado, a pesar de que la vecina de enfrente llegó hasta la mirilla, y solo Mrs. Rhoda, la señora de abajo, a quien a veces le llevo pasteles de arroz, me abrió, preguntando antes varias veces quién era. Bajar a casa del vecino es igual a que un amigo pase por tu portal y te llame al timbre. Misma alegría, misma sensación de crear y compartir intimidad. Aquí, evidentemente, los amigos nunca pasan por casualidad por debajo de la casa de una; y las veces que me he encontrado con algún vecino fuera del edificio, digamos en el supermercado, siempre he sentido que aligeraba el paso para no tener que recorrer conmigo el camino hasta el portal. Huimos porque no sabemos qué decirnos.

Hoy era el cumpleaños de Haizea, en Madrid, y cuando la he llamado me ha dicho que acababa de llegar de Sevilla, de la corrala La utopía, y que se había acordado tanto de mí porque ésa era mi revolución: la revolución de la hierbabuena. Esa que llevan a cabo, por ejemplo, esas quince familias que hace más de un año ocuparon aquella corrala abandonada: la revolución de llamar a la vecina, y pedirle una ramita, y hablar de qué le pasa a cada una, y saberse juntas.

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