Voy a ser hada madrina

Uxue

Fui a mi bautizo andando, tendría 5 años. Hay fotos que lo corroboran: mientras los invitados charlaban en una sala del restaurante, yo había descubierto la tarta detrás de una cortina y estaba comiéndome toda la nata que la cubría. Lo que se dice en la familia es que mi abuela no quería tener una nieta mora, y que había que bautizarme, y que para que la abuela no se enfadara, mis padres lo hicieron. He escrito mora, sí. Así lo tuve que oír yo, que si no estabas bautizada, no eras cristiana, y si no eras cristiana, entonces eras mora. A mí, con cinco años, me parecía de lo más lógico.

Mi padrino fue Santiago y mi madrina, Lourdes, más conocidos como los primos de Alegría -que es un pueblo en Álava, pero no me digas que no es maravilloso, ser “el primo de Alegría”.

En mi familia nadie va a la iglesia, los primos que nacieron después de mí ya no están bautizados, pero seguimos con la tradición del madrinaje. Y a mí me gusta. Lourdes, mi madrina, es más que una prima, aunque la vea apenas una vez por año. Para mí ella habla desde otro sitio, no es madre, no es hermana, está un lugar que podría ser el de confesora -aunque yo nunca le haya confesado nada, pero ahí está por si hace falta. La madrina también te hace regalos, y esto no es menor; los vestidos más bonitos de mi infancia a mí me los regaló Lourdes, y también, y más importante, mis primeras parisinas. Lourdes me dio las cosas que me hacían sentirme no mayor, pero sí responsable. El poder que tienen unos zapatos nuevos.

Ayer mi primo me preguntó si quería ser la madrina de su muy deseada hija, que ya llega. Me hizo muy feliz. Luego me vi a mí misma teniendo que justificarme ante amigos que ponían en cuestión esto del madrinaje, sin duda de origen católico, y ahí le asaltó la duda al aparato racional que soy: ¿estaré contribuyendo a la legitimación de la muy retrógrada y patriarcal iglesia católica con esta felicidad mía? Sin duda una exageración, pero ya se sabe, algo de eso sí había. Me digo que sí, que quizá sí esté perpetuando el uso un término que deberíamos exiliar ya del idioma, que nos hace ver las cosas con lentes ya viejas. Pero también me digo que el hecho de que una mujer a punto de apostatar sea la madrina de una niña que no está bautizada puede ser otro modo de desacralizar la palabra. Y que su madrina la lleve a manifestaciones y le regale camisetas violetas y le cante la internacional en la cuna, y que la ahijada quizá la escuche por ese vínculo hermoso que les han regalado a las dos, no puede ser perpetuar lo que esta iglesia nos vende. En realidad, me corrijo, una de las madrinas, porque mi ahijada, parece, va a tener dos madrinas. Y ningún padrino. Ahí queda eso. Que dios nos pille confesadas.

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