prositas luminosas

Rialton, Venezia

A Mario Levrero le costó unas 300 páginas -y unas cuantas novelas, supongo-, escribir sus “experiencias luminosas”. Al final de La novela luminosa, después de “El diario de la beca”, llegan apenas 100 páginas en las que relata lo que él llama así, “experiencias luminosas”, momentos de su vida, muy pocos, en los que se sintió de repente en contacto con todo del mundo, con una hoja de una planta o con la mano de una amante -no, Levrero evidentemente no lo dice así y aquí estoy reconstruyendo porque me da fiaca levantarme a buscar el libro.

A esas experiencias extraordinarias que cambiaron su vida algunas les llamarían experiencias místicas. Levrero tampoco las llama así -creo, porque sacando fuerzas de flaqueza acabo de levantarme a buscar el libro y no está, ni en la balda de arriba de la estantería del salón, la de los preferidísimos, ni en la balda uruguaya. Misterioso es, porque la única vez que presté este libro fue debidamente devuelto -, pero lo que sí dice es que esas experiencias son imposibles de escribir, y que lo hace porque un amigo le dijo que escribirlas era su responsabilidad última -ahora que lo pienso, Levrero nunca habla de amigos en esa novela, siempre de amigas. En realidad, Levrero ya había escrito lo de las experiencias esas en un libro de veinte años antes, pero quién va a negar que precedidas del diario tienen otro empaque.

Quizá algún día escriba yo también sobre mis experiencias místicas, me gustaría, escribirlas y tener más. No ahora, no. Lo que quiero escribir son prositas luminosas, de esos momentos insignificantes que por serlo la llenan a una de felicidad -los momentos siginficantes a mí me llenan de inseguridades, para empezar. Hay un veto de escritura sobre lo feliz. Y sin embargo parece lógico que una quiera conservar esos momentos.

primera

Tarde de viernes – parque – octubre – sol – calor – las tres últimas no son oxímoron.

Se oye una flauta desde lejos, ahí se ve salir de entre unos arbustos a un músico, que toca, y a un fotógrafo que lo sigue con un teleobjetivo claramente desmesurado para el menester del retrato. También, un grupo de adolescentes, camiseta blanca, pantalón azul, sin duda en la hora de gimnasia, corre por uno de los senderos, hablan alto, se ríen, se cansan. Aún no ha empezado la experiencia luminosa (a partir de ahora, EL) aunque, supongo, todo ayuda a entrar en materia. El flautista se coloca en medio del sendero y vuelve a tocar, y la música es de encantador de serpientes, como si estuviéramos en un cuento. Ahí el grupo de gimnasia vuelve a pasar, y casi lo arrolla -son como 30-, pero él sigue tocando, en medio del tumulto, incluso cuando el fotógrafo ya ha terminado y está mirando la hora en su teléfono, y de paso el email, el flautista sigue. Y aquí empieza, no antes, lo luminoso, porque no he dicho que el parque está casi vacío, sólo las ráfagas de corredores, el fotógrafo, el flautista y tú, con la espalda apoyada en un árbol, y al otro lado exacto del tronco alguien que hace unos minutos se ha sentado, alguien de quien solo ves la parte de sombra que llega hasta tu lado, alguien de quien solo escuchas pasar las páginas de un libro, y estáis ahí, los dos sintiéndoos respirar, espectadores únicos de este concierto inesperado, que todavía sigue.


y segunda,

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