Seeing the elephant

Durante la guerra de secesión, muchos combatientes aspiraban a ver al elefante, “to see the elephant”. La expresión venía de antes, y a pesar de que sus orígenes no son claros, la mayoría de las teorías lo relacionan con el circo, con la sensación de ver algo inaudito que sólo se presenciaba una vez en la vida. En Inglaterra, se dice lo mismo pero con leones, “to see the lions”.

Durante la guerra de secesión, decía, muchos combatientes aspiraban a ver al elefante, pero quienes lo habían visto esperaban no volver a verlo jamás. Ver al elefante era encontrarse con la guerra, pero desde dentro; era tener la experiencia sobrecogedora de salirse de la realidad. Era, supongo, que la consciencia de estar en una guerra la asaltara a una físicamente, ser, estar presente donde una jamás debería estarlo.

Todo esto lo he leído en un libro hermoso de Rebecca Schneider sobre reconstrucciones de batallas de la guerra de secesión: gente que se junta periódicamente para jugar a los soldaditos, pero siendo ellos mismos los soldaditos. Y claro, para ellos es mucho más que un juego: es una manera de luchar una guerra que consideran suya (en muchos casos, a favor de los confederados), de intervenir en el pasado desde el presente. Algunos llegan a confundir los tiempos, físicamente, a sentirse en el s. XIX y en el XXI a la vez, a colarse por las rendijas de la historia. A eso le llaman, los de ahora, ver el elefante. Y también, tocar el tiempo.

Estábamos hablando de eso el otro día, de recreaciones, y alguien mostró ese vídeo del reencuentro entre Marina Abramovic y Ulay. Ulay y Abramovic habían sido más que pareja en los 70. Fueron pioneros de la performance juntos, vivían en una caravana, la aparcaban y ahí hacían su arte, como quien sale a su jardín a regar las flores. Cuando sintieron que ya no más, decidieron hacer su última performance pare decirse adiós: caminar sobre la gran muralla china, cada uno desde un extremo, él desde el desierto de Gobi y ella desde el mar Amarillo. Cada uno anduvo 2000 kilómetros para despedirse.

Nunca más se vieron, o eso dice la leyenda, hasta que Ulay fue de sorpresa a sentarse frente a ella en el atrio del MoMA. Habían pasado veintidós años. Por eso, cuando el vídeo terminó, algunos seguíamos mirando hacia abajo, para que no se nos notaran los ojos rojos.  La imagen era claramente una de capas de tiempo: Abramovic en su gran exposición, con sus vestidos hechos a medida, su cara alisada, convertida en la diva del arte contemporáneo; Ulay en zapatillas, con aire tierno y su rostro que conserva cada marca que le han hecho los años. Alguien dijo entonces que era imposible recrear el pasado aquí, por ejemplo. Que claramente el tiempo había pasado de manera diferente para ambos, y que entre la venta al capitalismo más feroz de ella y la vida sencilla de él, no había lugar para recreaciones y, mucho menos, para reencuentros. Que estaban delante uno del otro, pero que no lo estaban realmente, porque entre ellos se interponía la vida. Todos parecían estar de acuerdo, cómo salvar la diferencia de vida acá, cómo defender esa cualidad dúctil del tiempo. Y así estábamos hasta que alguien dijo, pero y el gesto. Y nos quedamos todos callados, pensando en si ahí, en ese mirarse, cada uno desde su manera que construyó solo con el otro, y solo para el otro, por debajo de cirujías y de arrugas, no estaría el verdadero encuentro, la verdad de los tiempos tocándose, el presente que sucede y cambia, solo por suceder, el pasado.

Sobre esto se han escrito unos cuantos tangos, pero los tangos no hablan de esa posibilidad, de esa “out of sequence-ness of time”, que le llama Schneider, de que el tiempo ocurre fuera de secuencia. Tal vez eso explicaría por qué, en esa sala, algunos seguíamos con los ojos rojos, mirándonos apenitas. Tal vez eso explicaría por qué algunos, hoy, consiguen ver al elefante. Tal vez eso explicaría por qué el tiempo nunca puede estar desordenado, pero, mucho menos aún, en orden.

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