Miguel

La primera vez que robé una cinta de caset, fue a él. Se la había mandado su prima desde Argentina, me dijo. Él era el que más hablaba de ellos, de los primos de Argentina. Era del concierto de Silvio y Pablo en el Estadio Obras, en el 84. Él decía que el mejor Silvio era el del principio, el de Al final de este viaje, y escuchaba esa de “debo partirme en dos” y tal vez ahí, por primera vez, alguien me explicó una metáfora. Todo esto lo sitúo en un día en su habitación, cuando aún era su habitación y aún había una pared en el medio, y en esa mesa camilla chiquita él dibujaba retratos de quienes admiraba, que casi siempre eran Serrat y Sabina. Hay una foto de nosotros sentados alrededor de esa mesa, el primo Fernandito que estaba de visita, y yo, que había cogido uno de sus retratos y, para la foto, sostenía un lápiz como si lo estuviera dibujando yo. A la izquierda de la habitación había un equipo de música, en la foto no sale, y ahí él ponía cintas y discos. También decía que su canción preferida de los Beatles era And I loved her, o quizá Hey Jude, y que nadie escuchaba esa canción, que no era de las conocidas. Todas esas canciones, las de los Beatles y las de Serrat -los discos de homenaje a Machado y a Miguel Hernández- y sobre todo las de Silvio y Pablo de aquella cinta que nunca le devolví, todas esas canciones se convirtieron también en mis canciones. La cinta fue lo mínimo que tomé prestado y me quedé para siempre.

También había escrito un libro. Miguel hacía esas cosas: leía, escuchaba música que nadie más en mi mundo escuchaba, escribía libros. Y hacía política. Un día estábamos en el ascensor, subiendo a casa, y le dije yo me quiero meter en política. Hasta entonces, ante cualquier insinuación del estulo, las respuestas a mi alrededor habían sido notesignifiques; la suya no. A él se le iluminó la cara y se largó a explicarme todo lo que tenía que hacer y lo que podría hacer y cómo funcionaban las cosas. Yo se lo había dicho para molestarlo, recuerdo exacto el placer con el que le solté aquella frase que me tenía preparada, “pero no en tu partido”, y que yo entonces vi como un salirme del nido, como un ya soy mayor, y que ahora no puedo evitar ver como un reconocimiento, me meto en política porque tú me trajiste, me voy por otro camino pero andamos paralelos. Y lo anduvimos. Muchos años después, yo ya estaba en París y él me mandó un email preguntándome qué hacer con toda la confianza perdida, dónde poner ahora la esperanza, si se podía aún votar por alguien, y si sí, entonces ese alguien quién era. Creo que mi respuesta fue uno de los mensajes que más cuidadosamente he escrito: mi primo mayor, del que tomé muchas cosas de lo que soy, me pedía consejo, a mí.

Hacía mucho tiempo que no hablábamos. Y hacía aún mucho más tiempo que no hablábamos en serio, con profundidad, como quiero creer que nos hubiera gustado hacerlo a los dos, ahora que ya éramos mayores, y que sin embargo nunca, realmente, hicimos. Hoy he buscado su nombre en internet y me lo he encontrado ahí, en sus canciones de siempre, en comentarios de política, como si hoy fuera hace trece años y estuviéramos en aquel ascensor y aún no hubieran tirado esa pared para hacer el salón más grande, y nuestros caminos apenas empezaran a bifurcarse, como ramas de un árbol que es el mismo.

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