irreversibilidad de los puentes


Cada vez que cruzo un puente en bicicleta me sorprende que me cueste tanto. Se lo cuento a otras personas y tampoco entienden. Los puentes, al menos los tres que se pueden usar para ir desde mi casa a Manhattan, son lugares vallados contra el peligro: no hay peatones (menos en el de Brooklyn, claro, pero crúzalo tarde en la noche y verás)(o al menos no deberìa haberlos, en el de Williamsburg siempre se cuelan; en el de Manhattan, acabo de constatar, también), no hay coches (aquí sí, sin excepciones), no puede una caerse, digamos, al East River. Tampoco hay señales complicadas que respetar (salvo, claro, para subir y bajar del puente, ese espacio liminal entre paz absoluta y la ciudad más salvaje; porque la ciudad llega sin avisar, cuando el puente se acaba empieza el mundo, otra vez)(a veces, también hay que decirlo, los ciclistas expertos dan lecciones a los novatos, les dicen deberías estar un centímetro más a la izquierda, o al adelantarlos miran hacia atrás con cara de no sabía que fabricaran bicicletas para lentos). Los puentes son espacios guardados del resto de la ciudad a donde vamos a ver la ciudad. Foucault los habría llamado heterotopías (tal vez los llamó: esos espacios que son y no son, a la vez). Cuando alguien viene de visita, hay que llevarlo a un puente (y una misma se sorprende, como con la bicicleta, pero por qué no vengo más aquí). Ahora que he cambiado de casa, el metro pasa por el puente de Manhattan e incluso los neoyorquinos auténticos, los que no se dejan nunca descubrir sorprendiéndose por la ciudad, miran de reojo, a la derecha, la estatua de la libertad, a la izquierda el Empire State, y entre los dos todos los colores en barra verticales.

Y el caso es que en bicicleta, no. Esta mañana iba pedaleando en dirección a un puente que sabía que no iba a cruzar y quizá por eso lo he visto claro: los puentes son irreversibles -cruzarlos implica entrar en otro mundo -uno en el que somos vulnerables. Para poder sobrevivir, una tiene que hacer un cambio. En el metro, al pasar de Brooklyn a Manhattan, la presencia de otra gente lo anuncia, decenas de personas en nuestro ritual cotidiano de pasaje – algo que no somos nosotros nos está llevando a un sitio donde, como mínimo, somos otros. A veces desde la ventanilla se ve a un ciclista. El metro lo deja atrás, él queda solo, avanzando sobre la irreversibilidad: cuando lo termine de cruzar, estará del otro lado, entrará en un lugar que no es su casa. Solo que él será el mismo.

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