Bienvenidas

Clarita se ha adelantado dos semanas. Le quisieron dar la vuelta y se rebeló: decidió nacer.
Semán acaba de anunciarnos la buena nueva con un mensaje de texto, como se hace ahora, y con una foto que sólo sé describir con la palabra paz.
Nunca me han disgustado los hospitales, a pesar de los pesares. Tienen eso de estado de excepción que me fascina, de brecha en el tiempo. Nunca me han disgustado, pero nunca tampoco había sentido la alegría de un hospital tan propia como esta mañana, en la entrada del Methodist Hospital, con un ramo de flores improvisado y una maletita naranja, mínima, que Sole y Semán se habían dejado en su casa porque hoy no era el día, claro, hoy sólo iban a intentar dar la vuelta a la criatura.
Digo muchas veces que yo nunca tendría un hijo en este país. Y sin embargo, esta mañana, en la entrada del Methodist, todo estaba bien. Es seguro que a mi alrededor había gente triste, pero yo no la podía ver. De repente todas las cosas tenían otro sentido. De verdad: los sofás de imitación de cuero, las plantas de imitación de plantas, los altavoces tocando When a man loves a woman, nada parecía absurdo. De repente este país, es decir Brooklyn, ha empezado a sentirse distinto; no es que Clarita fuera a nacer en Brooklyn, es que Brooklyn nacía con Clarita.
Arriba, en la sala en la que esperaba antes de entrar al quirófano, la tranquilidad de Sole contrastaba con lo acelerado del corazón de Clarita, que resonaba en todo el cuarto. Semán solo estaba feliz, nada más, me imaginaba que iba a sentir muchas cosas, me ha dicho, pero lo único que siento es felicidad.
Yo había metido dos cámaras en el bolso, un libro para la espera y un cuaderno para escribir, probablemente, esto. No me había dado cuenta de que mi lugar no estaba allá. Y ha sido tan fácil entenderlo cuando Semán y Sole se miraban, entender lo hermoso de formar parte de esta gente, que en unos miutos me he marchado, feliz yo también, a esperar aquí, en casa, nerviosa y tranquila, la llegada de Clarita, que bien se podría llamar Aimée, Clarita la niña tan esperada, Clarita la suertuda de nacer en esta familia.
Cuando he salido del hospital, Brooklyn casi no se notaba; se había convertido en casa.

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