Se llama Virginia C. y me le encuentro sentada última escalera de la salida del metro Graham. Todos salimos en tropel, tenemos que esquivarla para no chocarnos con ella; las escaleras son estrechas y ella no se inmuta. Tiene las piernas juntas y las manos en las rodillas. Está muy arrugada. Está sucia y lleva una bolsa de plástico. No se mueve. Le pregunto si le pasa algo y me dice que no puede andar. Que necesita su silla de ruedas, que está en su casa y que necesita que se la traigan. Se sabe el número de su hija Lisa de memoria, así que la llamo. Lisa, le digo, estoy en el metro de Graham Avenue con tu madre. Lisa grita, what? ¿Cómo ha salido del hospital? Ahí me doy cuenta de que las pulseras que tiene en la mano no se las han dejado por casualidad, se ha escapado. No sé cómo, se lo digo a la hija, yo sólo la he encontrado ahí. Me vuelve a preguntar cómo, le vuelvo a decir que no sé. Me pide mi número de teléfono y cuelga, y ahí me quedo con Virginia, que dice qué calor y se bebe mi botella de agua entera cuando se la ofrezco. Dice que le han dado el alta en el hospital, pero que no quedaban ambulancias y le han dicho que se viniera en metro. Se le ven unos moratones por debajo de las pulseras de papel con su nomre y fecha de nacimiento. 1940. Me dice que su hija tiene 18 años, y su nieta 12, o tal vez 3. Me dice que viven en la misma casa y que su hija duerme en el sofá. Cada poco mira hacia atrás o hacia los lados, por si llega. Hasta que detrás se oye un grito parecido al del teléfono: Me has arruinado el día, dice la hija, que llega con la nieta y con una silla de ruedas. Repite me has arruinado el día, me dice gracias y sigue gritando, cómo has salido del hospital, cómo has llegado aquí si no tenías dinero, estaba en la calle y ahora por tu culpa tengo que volver a casa, ahora vas a sufrir, yo nunca más llamo al hospital, me da igual que no puedas respirar, me da igual. Esto, mientras se alejan del metro, la hija sin para de gritar, la nieta asintiendo, Virginia en la silla, diciendo que se aburría en el hospital, que le dieron un dólar para que volviera a casa. Yo detrás. Le he preguntado si podía hablar con ella un minuto, pero se me ha olvidado decirle lo que más me hubiera gustado decirle: que le está haciendo a su hija una demostración perfecta de cómo quiere que la trate en el futuro. 
Esto pasó hace tres días, en mi barrio, este barrio de bohemios y modernos en el que nunca nada parece salirse de los estándares de las cafeterías de moda y de las tiendas de segunda mano. No sé muy bien qué hacer. Casi automáticamente me pongo a buscar a Lisa C. en internet y descubro que, a dos horas de Nueva York, en un pueblo de la costa, una mujer con su mismo nombre tiene una organización de apoyo a cuidadores de ancianos y enfermos terminales. Y no me puedo creer la suerte. Ya le he escrito.
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