Llegas al aeropuerto y esperas que haya una señal, aunque sea mínima: que se quiebre el cielo, por ejemplo, y de la grieta salga un líquido verde que inunde la terminal C, o que se te haya dado una última imagen premonitoria de regreso. Porque no puede suceder así, de esta manera sin pompa alguna, arrancarse de algo tan natural como estar aquí, en esta ciudad que te has ido inventando desde pequeña.
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