Blanca

Estos días me acuerdo de todo lo que sueño. Y sueño un montón, cinco o seis historias por noche, con personajes que una nunca esperaría que se aparecieran ahí, en lugares raros, esas cosas de los sueños. Uno de los de esta noche era justo en la habitación en la que duermo, ahí nomás, y con mi hermana. Mi hermana estaba en Buenos Aires. Había venido y yo no me lo creía, pero ella todo el rato insistiendo, que sí que sí, y la tocaba y realmente estaba ahí, conmigo, aquí. Lo único que parecía extraño, o que me parece extraño ahora, porque en ese momento no lo era, es que todo estaba en blanco y negro, pero creo que es porque era de noche también en el sueño: misma hora, mismo lugar, solo que con mi hermana. Así que todo era tan real, de verdad, esa intensidad de la piel de mi hermana, que me he tenido que pellizcar. Me pellizcaba en el brazo, varias veces, y nada, ella seguía aquí. Algo tiene que haberme hecho pensar que mis pellizcos estaban fallados, porque en un momento he decidido morderme el dedo pequeño. Y ha tenido que ser bien fuerte, porque cuando me he despertado -un tiempo después, desde luego no por culpa de los pellizcos ni del mordisco-, aún tenía la marca de los dientes en el dedo. 
Así que esta noche he comprobado que lo de los pellizcos para saber si una está soñando es una leyenda urbana. No funcionan. Menos mal.
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