Iba mal el día. A la una estaba tan aburrida de perder el tiempo para no tener que ponerme a escribir lo que tenía que escribir que ya me había pintado las uñas (de los pies y de las manos, dos capas) y pasado la aspiradora. 
No sé cómo escribir esto para que no suene a historia de superación personal, pero el caso es que ha pasado el día, estoy en la cama con la ventana abierta y los árboles suenan fuera más que los coches. Hay viento caliente, que es lo mejor que puede haber de noche.
Me duelen las piernas.
He subido 120 calles en bici, y las he vuelto a bajar. Al subir, bordeando el Hudson, me molestaba algo en la rueda trasera. Y un señor se ha dado cuenta y ha venido un rato detrás de mí, para decirme después que mi rueda estaba perfecta, que había estado escuchando mi pedaleo -para que luego digan que ya no quedan poetas- y que no me preocupara.
Al bajar, después de pelearme con un par de taxistas para poner en práctica un verbo que acababa aprender – “to door someone”, o sea, eso tan común en Nueva York de abrir la puerta del coche sin mirar si viene un ciclista y golpearlo-, me ha parecido oír tango cerca de Union Square. Era una milonga, en la plaza, parejas hermosas moviéndose de noche, con orquesta y este viento cálido. Ni siquiera he querido bailar, mi lugar estaba ahí, mirando, escuchando, confirmando una vez más cosas que siempre supe. Que hay lugares que una no necesita reclamar para que sean suyos, por ejemplo. Y que además con un bandoneón todo está bien, hasta las lágrimas.
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