Recordaba el puente como una cuesta mucho más pronunciada, mucho más larga, agotadora. Y casi por eso, porque mi recuerdo la magnificó -y porque mi bicicleta entonces era peor-, me tomo el metro. Pero al final me he puesto la chaqueta de lana, el casco y ahora estoy aquí y ni siquiera me he acordado de mirar cuánto tiempo se tarda en llegar. Nunca había venido pero había pasado por delante algunas veces, incluso fui a un concierto con la dueña, hace ya un par de años, cuando conocí a Leo. A mi lado -muy cerca, compartimos mesa- una chica y un chico organizan una reunión y se preguntan cuál es el sentido de todo esto. No se lo preguntan con pesimismo, es con esperanza y sabiendo que la única manera es ésa, que nos hablemos los unos a los otros, y que para eso no necesitamos grandes campañas, ni productos electrónicos de última generación. La revolución no será financiada, dice él, es un libro, se lo recomienda. Ella le pide que le recomiende otro más -él trabaja en la librería, son todos voluntarios- y él le pregunta qué quiere leer. Ella no sabe, se deja recomendar. ¿Qué parte del cerebro no estás usando?, le pregunta él. Ahí respondo yo, guau, qué gran pregunta, y pienso ojalá me la hiciera a mí. Pero no me la hace. Quizá esta librería sea lo más parecido a una tarde en Bilbao, en Lamiak por ejemplo, o en el Txomin. Sólo que aquí se llega en bici.

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