Una cosa que yo he visto mucho son despedidas.

De pequeña siempre se me olvidaba andar en bicicleta, eso que dicen que nunca se olvida. A mí sí. Cada verano mi padre tenía que volver a ponerme los ruedines y a agarrarme el sillín por detrás, hasta soltarlo y entonces me caía. Los vecinos de Noja le preguntaban, ¿otra vez enseñando a la hija a andar en bicicleta?
Con las despedidas me pasa igual. No importa cuántas haya vivido, da igual que fuera la que se iba o la que se quedaba. Nunca aprendo. Es más, puede que cada vez me vaya peor. Las hago tan largas que pierden todo eso de explosión contenida y pasan a tener la pesadez del trámite burocrático.
Ernesto, después de 10 años en Nueva York, se va mañana. Un amigo le improvisó una fiestita, allí estuvimos todos, alegres, celebrando, como un día más. Yo quería hacer un poco de drama, pero sus otros buenos amigos decían bah, si en unos meses lo tenemos aquí de vuelta.
Hoy pensaba que eso es hermoso, irse con tus amigos pensando que vas a volver en un par de días. Y sí, me ha dicho él, así me gustaría que fuera también mi entierro.

(ndpa,pf)
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