El mejor cumpleaños fue el veintitantos. En París. No había organizado nada, no quería. Estaba visitándome Antonio, que venía desde Cambridge. A las doce en punto de la noche me llamó Euge, me preguntó qué iba a hacer para celebrar, le dije que nada y me respondió que iba a estar en mi casa a las ocho de la tarde, con una botella de vino. Antonio también trajo una. Vinieron también Gonzalo y un par de amigos más. Y mis compañeras de piso, claro. Y estuvimos ahí, en casa, hablando, tomando, sobre todo hablando. Cuando la gente se fue, Antonio me felicitó. No por cumplir años, sino por tener esos amigos. Recuerdo eso y recuerdo el sol en la mesa del salón -que no sé si no es invención, ¿aún hay sol en París a las ocho de la tarde de un día de principios de marzo? Y recuerdo sentirme tranquila, en casa, y con mucha suerte. Ahora pienso que en esa tarde se juntaron muchas cosas que yo era: la amistad de compañeros de clase con Antonio, la amistad a los saltos con Eugenia, la amistad de la poesía con Gonzalo, la amistad de casa con Csilla y Caroline. Y que cosas así no se puedan programar.

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