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Yarisa Colón Torres publicó, hace unos meses, este texto mío en su blog -así aprovecho para incluirla en los enlaces de mis blogs amigos, a la derecha. Imprescindibles sus libros artesanales.
El texto había aparecido antes en la antología Temporales. Pero como apareció con unas erratitas, lo cuelgo ahora aquí, en versión corregida. Va. Con foto porteña.

i-iv


Camino a la Costanera
i.

Busqué mucho tiempo qué era lo que me atravesaba. Mi amigo Maximiliano Matayoshi creía que todo artista estaba perforado por una sola cosa y que toda su creación era una respuesta, un choque, un hundimiento en esa herida.

Al marcharme de Buenos Aires por cuarta vez, entendí que lo que me cruzaba era ser la que se iba. Era mi tercer cambio de país en tres años. Poseía la ciudad con la seguridad de que nunca sería totalmente mía: de manera sencilla y clara, sin exigir respuestas, como una tregua. En Buenos Aires había aprendido a ver la luz posarse sobre las cosas. Dejaba la ciudad en la que me había inventado para llegar a otra que no me esperaba. Nunca quise venir a Nueva York.

ii.

Clasifico las mudanzas en grados de dolor. Cuando empecé a viajar en avión, ya mayor, llevaba la cuenta de todos los vuelos que tomaba. Un día dejé de anotarlos; las mudanzas, no. Recuerdo cada una de ellas con nitidez. Me he mudado doce veces. Las primeras fueron de dureza física, de no aguantar la carga de una casa entera. Fueron en París, fueron de noche, fueron siempre sola; puedo verme perfectamente en una parada de Faubourg Saint Martin, esperando el último autobus, dándome cuenta de que los tres últimos traslados habían sido exactamente iguales, tratando de buscar un simbolismo oculto en mi desidia y en mi falta de planificación. Otras mudanzas han sido de mero cambio de lugar, yo transportando cajas como desde afuera, como asistiendo a mi propia vida, una especie de enajenación voluntaria para no calibrar la magnitud del cambio. También las he tenido que, en vez de pesar, aligeran. Cuando me mudé a vivir a Balvanera, entre las cosas que dejé en mi casa de Palermo había una vida de pareja rancia y una maleta con restos de una Isabel que espero alguien se encargara de tirar a la basura. Dicen que tres mudanzas equivalen a un incendio.

iii.

Luego me di cuenta de que mentía. Cada cambio de lugar, cada arista del ser lejos, si bien perfectamente dolorosos, perfectamente apremiantes, eran una máscara entre mí y la llaga que los funda. Me había construido en torno a un síntoma.

Mucho antes del irse, está la certeza de que todo lo que soy se aloja en la palma de mi mano y de que, con poco que la abra, con poco que sople el viento, me escurriré de mis propios dedos, inevitablemente, para siempre. Lo que atraviesa mi escritura es la imposibilidad de nombrarlo. Lo que me atraviesa es el miedo.

iv.

He hecho algo contra el miedo.
He permanecido sentado toda la noche, y he escrito.

Rilke, Los cuadernos de Malte Laurids Brigge

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