Le petit écolier suisse

En verano estuve viajando por Europa. Ésta es, probablemente, una frase que yo no hubiera dicho antes de vivir en Estados Unidos, viajar por Europa, suena a esa naïveté de los gringos haciendo su gran viaje al otro lado del charco. El caso es que fue así, estuve viajando por Europa. Empecé en Venecia, fui a Suiza, a Francia y terminé, como casi siempre, en Bilbao. Viajé en tren. Tenía previsto un viaje a Suiza desde hacía muchísimo tiempo, y mis amigas, después de tantas y tantas veces de decirles que iba a ir, ya no se creían que alguna vez fuera a hacerlo.
En Zurich nunca había estado, y ése fue el descubrimiento del viaje -y las fotos aún sin revelar. En Lausana, sí. Me acordaba de poco: de un sentimiento de libertad, sobre todo, de que era el cumple de Gonzalo cuando fui, de subir muchas escaleras para llegar a un castillo. Y, también, de mis últimos once francos, invertidos en una ensalada que costaba trece. La ensalada me había gustado tanto que anoté los ingredientes en mi agenda, bajo el epígrafe “Ensalada riquísima de Lausana”. Creo que, objetivamente, es una de las mejores ensaladas que he comido. Y eso más allá de mi estado de semi indigencia. No sé si ahora me atrevería a hacer algo así -y eso me entristece-: al entrar al bar, me saqué el dinero de los bolsillos, conté cuánto tenía y le dije al camarero que no me llegaba. Me dijo que no me preocupara. Debí de sentirme mal, pero probablemente me duró muy poco, y además de eso ahora no me acuerdo.
Noémie, lausanesa de toda la vida, no conocía ese sitio. Yo me acordaba rudimentariamente de la ubicación -plaza del reloj, bajando, a la izquierda. Pero llegamos. Y se llamaba más o menos como en mi recuerdo, Café de l’Hôtel de Ville.
Estaba emocionadísima, y eso a pesar de que junto a nosotras, en la misma mesa, había una chica que estaba comiendo sola y que no paraba de hacer llamadas de forma compulsiva, como tratando de llenar el vacío que sólo ella sentía entre sí misma y su plato de ensalada. Porque seguían sirviendo, exclusivamente, ensaladas. Y estaban riquísimas. Ya no eran trece francos, ahora eran unos veinticinco, pero en fin, esta vez sí tenía dinero porque había decidido que la única manera de sobrevivir en Suiza era no traducir lo que estaba gastando a ninguna moneda conocida, hacer como si los francos suizos fueran monedas de un país de cuento en lugar de equivalentes a dólares estadounidenses. Algo que, por lo demás, tampoco está tan lejos de la realidad. 
El camarero. Porque yo, claro, estaba tratando de buscar una cara conocida entre los que trabajaban allí, y poco a poco todos se me volvieron conocidísimos, todos podían haber sido aquel que en 2006 me perdonó los dos francos. Le pregunté cuánto tiempo llevaba trabajando allí. Unos tres años, me dijo, así que él no podía ser. Cuando fuimos a pagar, le pregunté si había alguien allí que llevara trabajando desde 2006. Le conté la historia, como quien abre una cajita despacio porque sabe que la bailarina se va a poner a dar vueltas con la musiquita y quiere descubrir el mecanismo. O algo así. Le importó un carajo. Le dejé la propina y, en un montoncito separado, dos francos.
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