Mi vida con Spanair

Spanair cierra el chiringuito. De más está decir mi preocupación y solidaridad con los trabajadores que se van a a la calle y la rabia por el dinero público que se va a causas privadas.

He volado bastante con Spanair. Sólo en vuelos breves, con ellos hacía siempre la conexión entre Bilbao y Madrid o Barcelona. Cuando llegabas a Bilbao, el mensaje de bienvenida al aeropuerto era en euskera. A veces hasta uno de los azafatos sabía euskera y lo hacía en directo. Por lo demás, el servicio era regular, como en todas las compañías menos en Iberia, donde una siempre siente que le van a gritar por no sentarse derechita en la butaca y agradece al señor el único día que no le pierden la maleta.
El caso es que Spanair, una vez, me perdió la maleta. Y por teléfono me dijeron que tenía 50 euros por día para gastar en productos de primera necesidad. Los gasté, dos días, luego la maleta llegó. Pedí facturas de todo, mandé los mil papeles que me pedían rapidito y me senté a esperar. Esto fue a mediados de diciembre. De 2010. Sigo esperando. Entre tanto, Spanair se ha reído de mí varias veces. Los llamo y me dicen que ya está mi dossier preparado y que al día siguiente voy a recibir un email de confirmación del pago, o me dicen que me han llamado dos meses antes pero que no he respondido al teléfono y han parado la tramitación, o, lo más de lo más: una vez los llamé desde Bilbao -siempre los llamo desde Nueva York- y al día siguiente me mandaron un email diciéndome que “para proseguir mi gestión” necesitaban que les mandara mi nueva dirección, que si no no podían seguir. Yo estaba en Bilbao de vacaciones, una semana. No había cambiado mi dirección permanente, como bien le había indicado el día anterior a quien me había atendido al teléfono.
Hoy he vuelto a llamar. Más que nada para ver en qué punto del proceso de desaparición estaba Spanair, si ya habían cerrado todas las oficinas o aún había alguien trabajando, y en ese caso, para ver qué excusa me ponían esta vez -ahora sí tenían una. Creo que me ha respondido la misma mujer que las últimas veces. Y, como las otras veces, me ha preguntado mi número de referencia, sin saludarme. Y, como otras veces, me ha vuelto a poner en espera. Que si llamaba por mi reclamación, me pregunta. Que por qué otra cosa iba a llamar, le respondo. Se hace un silencio. Que mi dossier está parado: el 25 de noviembre me llamaron tres veces y se cortó la llamada. Entonces lo pusieron en pausa, el dossier. Qué raro, no, esta gente que se comunica por mail y ahora como no respondo al teléfono -en fin-, paran mi dossier. Me enfado, no mucho aún. Le digo que llevo un año y tres meses esperando. Y ahí, justo ahí, la señora lo dice: Señora, me dice, no sé si está al corriente de los últimos acontecimientos. Claro que estoy al corriente de los acontecimientos. Y ahí me digo que puede que esta mujer también haya perdido su trabajo y esté ahí, escuchándonos quejarnos sabiendo que en un mes no tendrá trabajo. Y me callo. Pero la mujer vuelve a insistir. Que debería dar las gracias porque me van a devolver mi dinero. No lo dice con pena, no. Lo dice como adoctrinándome. Le respondo que yo no tengo que dar las gracias por que me paguen lo que me deben. Pero, sobre todo, me pregunto en qué momento hemos pasado a ponernos de parte de las empresas y en contra de las personas. De las empresas que se ríen, señora, de nosotras.
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