Hay más imágenes, ahora.

Unos turistas en Nueva York, que no se enteran hasta horas después, cuando llegan cansados, al hotel, y ven diez mensajes en sus teléfonos móviles que, justo hoy, se habían olvidado. Les es imposible imaginar ese otro lugar del que apenas ayer eran todo.

Un padre y una hija han ido a un recital de poesía, en Bidebarrieta. Van a escuchar a una amiga de su hija, de su hermana, que vive lejos. Las amigas que vienen de allí la traen a ella un poco. Después del recital, o tal vez durante el recital, alguien sube al escenario, trata de contener las lágrimas. La poesía de repente no vale nada o lo vale todo.

Una mujer que soy yo y que llora en la biblioteca hace muchas llamadas y nadie responde. Sólo valen ahora los que están allí, o los que vienen de allí, ella que nunca quiso tirar líneas. Nadie responde. Chatea, escribe en facebook, escribe en el blog. Su manera de relacionarse ahora es abrir todos los periódicos, aferrarse al ordenador cuando realmente lo que quiere es abrazar y llorar compartido.

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