En Basauri, pueblo natal, el tiempo pasa más despacio. Pero pasa. Mis amigas de infancia siguen siendo mis amigas, y en ningún sitio como aquí siento que el lugar donde naces determina tanto quién serás. No lo que serás, sino quién. Hoy en las noticias un periodista contaba acerca de las elecciones en Buenos Aires y detrás de él árboles de invierno y esa luz fría y certera que sólo pasa en Capital Federal. He llorado porque en estos momentos extraño todo lo que sea yo antes, más aun yo antes feliz. Y eso es siempre Buenos Aires. No es que esté triste, es que hoy me he despertado tarde y despertarme tarde me hace tener el peso del día sobre todo el cuerpo, el día que empieza ya desde la mitad, un día en el que claramente una no va a empezar una novela, por ejemplo. Hablando de novelas, he leído por fin a Yuri Herrera y no podía dormir y me tuve que levantar para terminar Trabajos del reino. Me ha parecido brillante esa escritura, la delicadeza de su contar mezclada con el lenguaje de la calle y al ir leyendo sentía que eso era, que ni una palabra de más había. Al principio iba señalando fragmentos para copiar en el blog, luego ya eran demasiados. Me ha dado muchas ganas de escribir. También, eso del lenguaje oral, por qué Herrera escribiendo así o Arlt con su porteñismo bajofondil, o hasta Vargas Llosa y su limeño o lo que sea de Los cachorros y sin embargo los coloquialismos españoles de España me espantan. Será otra vez lo del determinismo que te decía al principio, nacer aquí te hace sentir que otros castellanos son más manoseables aunque en el fondo una sepa que eso es imposible. Pero lo mira un poco en distorsión, porque el castellano mío, tú lo sabes, tiene muescas que lo delatan un poco no de aquí. Nada exagerado, nada que se pueda notar fácilmente, pero muesca al fin, que lo marca como otra cosa. Lo mismo con volver aquí después de siete años de estar fuera, que lo miras todo con sorpresa de que éste sea tanto tu sitio: nacer aquí te hace sentir que, por ejemplo, de Egoitz me separé hace no sé cuántos años y cada uno ha estado en sus sitios y ahora nos volvemos a juntar y hemos aprendido un poco lo mismo y llegado más o menos a las mismas conclusiones o más bien preguntas. Se me había olvidado, pero desde Basauri, desde el monte, se ve el mar.

“Es como si no hubiera derecho a la belleza, pensó, y pensó que a esa ciudad había que prenderle fuego desde los sótanos, porque por donde quiera que la vida se abría paso era ultrajada de inmediato. Pero miró a la Cualquiera, que sobre la acera observaba una clandestina sin que esta se diera cuenta, que la veía como si le hiciera una caricia, como si la consolara, y al Artista le pareció que por un momento caía una luz más limpia sobre el arrabal y se sintió privilegiado de poder advertirlo”.

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