Creo también que deberíais ver esto.

Me acabo de girar para asegurarme de que estoy sola, sola sin ningún edificio que sobrepase los pinos detrás; delante hay un pescador, y él también está solo. Al girarme, las plantas-algodones –están por todos lados y cuando te rozan las piernas te hacen cosquillas– se han empezado a mover aún más fuerte –aquí siempre hay viento. Y en ese vaivén me han parecido dibujos animados, ojos enormes con piernas larguísimas o cabezas peludas, minúsculas y ovaladas que me dicen sí, sí, sí.

Aquí siempre hay viento. A veces menos que hoy y entonces parece que no, pero cualquiera que viniese de fuera lo notaría. De todas maneras, al llamarlo viento ya yo misma me quedo fuera: aquí es brisa, corre la brisa.

Estoy en la parte que se salvó del incendio, me lo recuerdan unos árboles secos iguales a los que se quemaron (nota para otro día: contar la historia de la jirafa).

De pequeñas jugábamos a las tiendas aquí abajo, aprovechando las dunas en las que crecían hierbas, no sé cómo ella no se aburría, yo era siete años menor y podía pasarme horas despachando kilos de manzanas, de lechuga, de gominolas. Los productos estaban siempre hechos de arena o de plantas. El dinero no me acuerdo, probablemente piedras que recogíamos al principio, como señal de que empezaba el juego. Lo mejor eran los trozos de tierra que quedaban debajo de las raíces y se mezclaban con la arena, eran como medusas, una podía agitarlos sin parar y siempre seguí cayendo arena finita, no se acababa nunca. Me parece que de ahí salía la harina. Seguro que ella se aburría.

Son todos caminos trazados a pie, son irregulares y a veces muy angostos, después de escribir esto me he cruzado con una chica que casi lloraba porque las hierbas eran más altas que ella y no veía más allá y se angustiaba. Si este camino no fuera este camino, yo también me habría angustiado; en caminos iguales, en el Estado de Nueva York, por ejemplo, cerca de la cabaña de Sole, hay que abrirse paso con un palo, ir advirtiendo a las serpientes de que ahí llegamos, tratar de escuchar si suena algún cascabel entre la maleza. Aquí no, nunca la mera palabra serpiente, como mucho culebra, pero por qué.

Una vez aquí quisieron hacer un paseo marítimo, aquel sí fue el gran miedo. Alguien se opuso, supongo, no sé bien por qué al final el proyecto se paró. Nos iban a quitar las tiendas y cubrirlas de cemento, por los turistas, decían, para que hubiera más, imposible pensar que alguien pueda preferir el asfalto a estas sendas que casi no son, a ir caminando por la arena y que no sea playa o chiringuito y de repente tener que ponerse las sandalias porque empieza un acantilado y entonces mirar abajo y tal vez cerrar los ojos y sólo oír o sentir que te salpican la nariz.

Este mar no sale en las postales, es mar oscuro. Siempre hay olas quebrando lo azul, nunca es nunca plena calma. Si vierais esto tal vez entenderíais algunas cosas. Yo describirlo no sé.

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2 pensamientos en “

  1. Las piedras eran pesetas, habrá que inventarse otra cosa para los euros. Vete colocando la mercancía que enseguidita voy.

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