Es el viaje de Milán a Domodossola, un señor se sienta en las escaleras que unen los dos pisos del tren. Va llenísimo, hay maletas por todos lados. Él lleva una bolsa de basura, negra, y de vez en cuando la abre, mira qué hay dentro, entre satisfecho y preocupado. El tren da un vuelco, o casi, mi maleta rueda por el suelo y llega a los pies de la bolsa, de la que a estas alturas sale un líquido espeso. No huele bien. La mujer que está a mi lado baja para recoger también su maleta y el hombre abre la bolsa, le enseña. Son esturiones, le dice, los he pescado yo. Y la caña, le pregunta ella. La caña, me la he fumado, responde él.
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