Yo ya había pasado por allí antes. Iba del Duomo a San Fermo Maggiore y justo a mitad de camino estaba esa iglesia, pequeña, vacía, con todas las puertas abiertas y el aire que se podía ver entrando y saliendo, moviéndose entre los bancos de madera, viejísimos. Era domingo; en Verona hay que pagar por visitar las iglesias, así que había decidido ponerme un foulard en los hombros e ir de misa en misa, esquivando los pivotes rojos que, en cada iglesia, separaban a los turistas de los píos cristianos en cinco idiomas diferentes (Stop, santa misa en curso, todoenmayúsculas). Ahora volvía de mi peregrinación y la música se oía ya desde el inicio de la calle, lejos. La iglesia chiquita seguía con todas las puertas abiertas, pero ahora estaba llena. No sé en qué idioma cantaban, eran africanos, la mayoría mujeres con niños y unos pocos hombres fuera. Entré, tal vez un poco por la inercia del día de entrar a ritos y quedarme fuera. Dos de las mujeres me miraron, les sonreí, pero ellas no. Fue al salir y oírlos detrás. Me estaba yendo de la ciudad y la música se quedaba ahí resonando, la vieja Verona despidiéndome con palabras que ella aún no comprendía. Un darse cuenta de que daba igual lo que nos contaran, que ya estábamos juntos. Y la música seguía deshaciéndose y no necesitaba pararme a escucharla. Fue entonces, alejándome de allí, que empecé a sentir como una esperanza por el mundo.
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