L. me pasó las metamorfosis de Philip Glass. Van perfectas para leer a Sebald, me dijo, y yo le hice caso. Pero es que valen también para leer a Herbert, descubrí después, y hasta para ensayos aburridos. Y para escribir, sobre todo. En cualquier lugar que una esté, esa música lo llena todo y, pase lo que pase más allá de los auriculares, no cabe más. Ayer caminaba por Tribeca, no voy casi nunca allá, y las metamorfosis lo cubrían todo con una capa de irrealidad, los hombres trajeados con los maletines como andando a saltos. Al llegar a Broadway, barrio frecuente, me di cuenta de que habían cerrado Pearl Paint, donde se compraba la pintura y los lienzos más baratos. Parece que hace mucho, ya han arrancado las letras, los cristales están sucios, cuántas veces he pasado por allí. Tres hombres rezaban en la esquina, yo tampoco sabía hacia dónde quedaba la Meca.

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