i.

El hombre que mira se parece a Bob Dylan. Se parece mucho. No es difícil imaginar que Bob Dylan se siente en un café, todos los días a la misma hora, pretendiendo que es él pero que es otro. Siempre dibuja, sin esconderse de nadie, ni siquiera de nosotros, los dibujados. Debe de ser difícil dibujar este café porque la gente está entrando y saliendo continuamente, pero me imagino que Bob hace cuadros en los que precisamente todo es movimiento, estelas de gente que se sienta y mueve el brazo para sorber el café o para mirar el móvil y luego se va.

Una se acostumbra a saberse mirada en Nueva York, porque en una esquina hay un pintor y en la otra hay un fotógrafo que tampoco se esconde y un poco detrás estoy yo escribiendo sobre ellos y ellos también lo saben.

ii.

Pasa un hombre con una bicicleta-anuncio, bicicleta por delante, panel con publicidad por detrás. Anuncia yerba mate Guayakí. Es orgánica. El logotipo, un corazón de hojas con una banderita paraguaya, el mundo en el centro. Se venderá a diez dólares el kilo, no es barato ser moderno y sano.

iii.

Es un café grande, impersonal, con una cristalera enorme que da a Union Square, encima de un supermercado. Union Square normalmente da miedo, ya lo he dicho, porque hay que sortear a los adolescentes que vienen de compras y a los vendedores de chaquetas que se instalan en treinta segundos en la calle 14 y a los turistas que vienen a comprar zapatos y a todas las líneas del metro que se juntan acá. Pero detrás de la cristalera, una está encima y la plaza parece una película que una puede parar cuando quiera y luego seguir viendo. Bob ya se ha ido.

iv.

Un señor mayor llega y se sienta en mi mesa -son mesas grandes, corridas-, justo frente a mí. Pienso a menudo en lo complicado de ser mayor en esta ciudad, hostil con quien no pueda andar rápido. Me gustaría preguntarles, a veces, cómo hacen para seguir soportando el ruido que es la banda sonora de Nueva York, los empujones en el metro y al cruzar la calle. No me imagino envejeciendo aquí; tampoco me imagino envejeciendo en ningún otro sitio.

El señor me pregunta si estoy escribiendo una novela. Le digo que no, que otra cosa. ¿Poesía? Más o menos. Él está escribiendo una novela. Todo el mundo escribe en Nueva York. Hablamos de las metáforas. Me dice que tiene un amigo poeta y que lo más importante que ha aprendido de él es a pensar con metáforas. Sonrío y le digo que yo sé cómo va mi escritura precisamente por eso: cuando estoy escribiendo bien, salgo a la calle y pienso así, en metáforas. Una metáfora equivale a poder bajar esa parte del mundo a un poema. Cuando no estoy escribiendo, soy incapaz de pensar una sola imagen. Me dice que él se imagina su paso por las calles como si estuviera en un canoa, y que a veces tiene que ir contra la corriente, como por ejemplo ahí abajo, en Union Square, pero otras veces la corriente está a favor y él se deja llevar.

Es psicólogo. De animales. Empezó con ratas y palomas y después llegó al hombre y ahora, con los perros, ha llegado a un nivel superior. Me explica sus investigaciones y de verdad que parece interesante. Pero sobre todo le gusta enseñar. Me recomienda un libro, me pregunta cómo me llamo y él se llama Merlín. En realidad John, pero soy Merlín. Todas las personas deberían tener un personaje que quieran ser y reflejarse en él. Como Merlín, yo no quiero ser el número uno, pero quiero que mis alumnos lo sean. Y también moverme en el tiempo; tengo 82 años, pero ahora estoy viviendo los 20 otra vez.

Otra cosa que hay en Nueva York es gente que está en otro nivel de realidad, que ha perdido el contacto con este mundo, gente que le ha ganado el pulso a la ciudad pasándole por encima. Él, no. Habla sereno; se para, me escucha y me pregunta. Aprendió de un profesor que a cada persona le son concedidos tres deseos. ¿Cuáles son los tuyos? Decidimos que vamos a turnos, que primero le digo yo uno mío y luego él uno suyo y así. Me pide que yo también le recomiende un libro. Luego él se tiene que ir -como Merlín, también sabe desaparecer en el momento justo.

Lo veo, desde arriba, yendo hacia el este, se para un poquito, se acomoda la mochila, parece que hay calma chicha. En su lugar se sienta ahora una señora que en tres segundos ha extendido el contenido entero de su bolsita de maquillaje sobre la mesa y se pinta los labios y se los despinta con una servilleta que saca brutalmente del servilletero y se los vuelve a pintar y se mira al espejo y no se ve y agarra todo de vuelta y se va con todo el ruido del mundo detrás.

v.

El hombre-bicicleta-anuncio se ha parado en medio de la plaza y, de manera milagrosa, ha abierto el panel con la publicidad de la yerba mate. De dentro -es como una nevera grande-, saca latas de refresco y llama a la gente para que se acerque. Guayakí es una bebida energética, la gente pregunta si es gratis, toma una y se va. Un hombre se para unos metros después para leer la etiqueta de la lata. Voy a bajar.

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