Valpolicella

De pequeña tenía una película preferida. En casa mi padre se negaba a tener vídeo -esos aparatos con bocas negras donde se metían unas cajas rectangulares, también negras, con rollos de lazo dentro, uve hache ese decían-, así que tenía que esperar a que la volvieran a poner en la tele, algo que, de todas maneras, pasaba con frecuencia. Era la historia de una familia que encontraba el manantial del agua de la vida eterna. La bebían, todos. Creo que con esa agua también ayudaban a curar enfermos, pero no estoy segura. El hijo adolescente se enamoraba de una chica del pueblo, pero de pronto la familia tenía que irse, hijo adolescente enamorado incluido. El chico le daba a su enamorada un recipiente con unas gotas de agua de la vida eterna. Le decía que las tomara, que volvería a buscarla en no sé cuántos años. Fundido a negro, supongo. Pasaban los años y la familia, al completo, igual de joven, volvía al pueblo. Ahora había bancos y McDonalds (ni idea de dónde se había metido la familia todo ese tiempo). El adolescente iba a buscar a su amor. La buscaba en bares donde jóvenes jugaban al billar, en los cines. En la casa en la que vivía ella antes no, porque ya no existía más. A todo esto, del otro lado de la pantalla los espectadores ya sabíamos que la chica había dudado y que, finalmente, no se había tomado el agua. Se había hecho mayor y se la había dado a una tortuguita que había encontrado en el bosque. Supongo también que hacia el final de la película debería haber una escena en la que el adolescente se encuentra con ella, ya viejita, y él no la reconoce y en sus ojos, los de ella, se lea una tristeza lejana. La peli se acaba con la familia en un coche, cabizbaja, yéndose del pueblo, y tiene que dar un frenazo brusco, porque están a punto de arrollar algo con el coche “¡Ni que se creyera que es inmortal!”, dice el padre, mientras pisa el freno. Es una tortuguita.

De esto me acordé ayer a la noche, cenando en un bar para celebrar que se me casa la amiga Marga. Para la segunda botella de vino, el camarero nos recomendó un Valpolicella. Yo no iba a beber más, pero fue oír Valpolicella y saber que tendría que hacerlo. También tenía un libro preferido, de pequeña. No me acuerdo de nada más que de un chico adolescente, con granos en la cara, que estaba enfermo, tal vez con la polio. Se echaba una noviecita y él le explicaba lo especial que era la Valpolicella; era algo muy lindo porque ahí pasaba a ser mayor y se acababan sus problemas. Valpolicella.

La única certeza que tengo de lo que acabo de contar es a) que la tortuguita era inmortal y b) que el chico bebía Valpolicella. El resto, es probable que me lo haya inventado todo.

Notita: buscando a ver si encontraba el libro en cuestión -que obviamente no-, leo que María Gripe, la gran María Gripe, autora de Agnès Cecilia… ¡era sueca! ¿Esto lo sabía ya todo el mundo y yo vivía engañada pensando que era de Tomelloso?

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Un pensamiento en “Valpolicella

  1. Sueca??! Pues no eras la única engañada. Ahora me explico lo de Elvis Karlson… ya decía yo que no era un nombre de protagonista propio de una autora de… Tomelloso, por ejemplo.Maravix.

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