Me arrepiento de haber perdido París. Hace ya un tiempo que siento como un vuelquito cada vez que alguien me habla de la ciudad, cada vez que alguien se muda allá o ya ha regresado y como que la nombra y la besa. Los turistas dan igual. Enamorarse de París en una semana es fácil. Lo que cuesta es ganarle el pulso; o por lo menos mantenérselo. El caso es que yo lo hice bastante bien mientras viví allí. Claro que había días en que la prisa del metro me ahogaba, en los que hubiera matado por una sonrisa tras una ventanilla, pero en general se me iba y ya París volvía a ser ciudad abierta. Fue después, al marcharme. Empecé a teñirla, primero en la distancia. Y un día, al volver, me pareció que todo olía a podrido. París era igual pero más oscura, como si la hubieran rociado con un spray parduzco, personas y Sena incluidos. Me duró bastante. Cada vez que volvía, lo mismo, cada vez que la miraba desde lejos, lo mismo. Ahora estoy pensando que tal vez la fui deteriorando como una especie de fianza, que le cobré el precio de irme. También, que tengo ganas de que hagamos las paces.

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