Ayer en Downtown un señor tomaba una sopa en un bar, solo. Lo vi desde fuera, a través del cristal. Hay muchas personas que toman sopas, solas, en cafeterías en Nueva York. Yo, muchas veces, sobre todo de calabaza. O de borsch. Pero ese señor tenía alrededor un algo de vulerable. Tal vez era por la época del año, por la hora, o por el barrio. Seguramente era por los tres: por la tarde Downtown se empieza a vaciar y sólo quedan personas solas en cafeterías y yo fuera, mirándolas. Pensé que eso tenía que ser la navidad en Nueva York. Después llegué a Broadway, a la avenida, y ahí la luz la tarde llegaba solo a medias desde detrás de los rascacielos. Pasa algo con la luz de Nueva York. Como que entra desde otro ángulo y entonces tiene intensidades que una desconocía. Y también la nitidez del cielo. Las nubes son compactas. El azul es azul, sin matices. Eso también debe de ser la navidad aquí: gente comiendo sola, el estado de excepción de las calles vacías, la luz hiriéndolos. Tiene que ser una nostalgia cruda la de la navidad neoyorquina; y se debe de escribir un montón, con esa nostalgia y sin deberes que cumplir. Yo no lo voy a saber, al menos de momento. Pero escribir sí; mucho.
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