Una mujer llega al Upper West, botas de tacón, falda mínima. Entiéndanla, viene de Buenos Aires: bajaba de casa a comprar el desayuno y antes de pagar las medialunas ya le habían caído dos hermosa y un tené cuidado en aquella esquina, que andan robando muñecas. Y eso, sin peinar y en pijama de franela. Ahora, cuando camina por la séptima avenida, no sabe cómo convencer a sus caderas para que abandonen el contoneo porteño y se ajusten a las nuevas latitudes del norte. Billy la espera en el cine. La ha invitado a una comedia italiana y la mujer se alegra porque es un hombre culto al que le gusta el cine europeo y acepta porque hace un mes que no sale con nadie y eso no es lo que le han contado de Nueva York. Él ya ha comprado las entradas y un paquete enorme de palomitas y, cuando se sientan en la sala, estratégicamente situados en el centro pero siempre un poquito más atrás, empiezan a proyectar Ladri di biciclette. El hombre mira a la mujer para comprobar si ella también está sorprendida y al no encontrar respuesta dice oh, es en blanco y negro. Y unos minutos después, como para confirmar, me gustan las películas viejas. Y se ríe. En todas las escenas; cuando el padre llora, cuando el niño ve, cuando los persiguen y una quisiera que durara para siempre y que no existiera nunca esa tristeza fina. La intenta abrazar, también, mientras ríe. La mujer no se mueve, pero pasa la noche con él. Por la mañana, se visten y él toma un taxi para ir a su trabajo y se ofrece a llevarla hasta el metro más cercano. En el camino, él le explica sus importantes responsabilidades una importante empresa financiera y ella asiente enfática mientras piensa no me puedo creer que me hable en este tono cuando hace unas horas estaba gimiendo debajo de mí. Se despiden con un abrazo errático, prometen llamarse pronto, para ver otra película quizá, quizá esta vez francesa. Una hora después está en Park Slope, tomando el segundo café de la mañana; se ha despertado en el Upper West, desayuna en Brooklyn, cenará en el East Village y ha tenido sexo casual con un hombre al que nunca volverá a ver. No hay retorno posible; se ha vuelto neoyorquina.
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