Un día en correos. Situación tipo.
[Homenaje
marital]

Oficina de correos, Greenwich Village, Nueva York. No hay cola.

– Holabuenosdías, quería mandar este paquete a [país extranjero].
– Sí, muy bien, gracias, dice el amable empleado mientras sonríe, pesa el paquete y lo mira un poquito. Tiene usted que rellenar este impreso.

– Ah, muy bien, gracias, dice el cliente mientras sonríe, toma el impreso y lo mira un poquito.

Es una declaración de aduanas, en la que tiene que poner el importe y una descripción del contenido del paquete. Esas cosas siempre le llegan al destinatario y el destinatario ve qué contiene el paquete y cuánto ha costado antes de abrirlo, aunque en correos lo nieguen rotundamente. Y como el cliente está teniendo un día más bien plácido, decide ver qué dice el amable empleado.

– Oiga, esto es un regalo, si pongo cuánto cuesta, la persona que lo recibe lo va a ver.
– Ah, es para la aduana, ponga sólo un precio aproximado.
– Ya, pero aunque sea un precio aproximado, la persona lo va a ver.
– Ah, es para la aduana, ponga sólo un precio aproximado.

El cliente para un segundo, lo mira y le dice usted ya entiende lo que le estoy diciendo, ¿verdad? El amable empleado responde sí. El cliente rellena el impreso, pone una cantidad que triplica claramente el precio real del contenido del paquete y se lo da al amable empleado. El amable empleado lo vuelve a pesar y le dice son 9 dólares. Ya ha imprimido una pegatina por dicho importe cuando el cliente le dice que no quiere pegatina, que quiere sellos.

– ¿Sellos? pregunta el amable empleado.
– Sellos, responde el cliente.
– No tenemos sellos, caballero.
– ¿No tienen sellos en la oficina de correos, amable empleado?
– No, caballero, ésta no es una oficina central, si quiere sellos tiene que ir a la oficina que está en [dirección, no muy lejos], dice el amable empleado mientras mira a su compañero suplicándole que le ayude.
– ¿Cuál es el problema? pregunta entonces el amable empleado dos.

El cliente explica que quiere franquear el paquete con sellos, no con una pegatina. Amable empleado y amable empleado dos se miran sin entender. Pero amable empleado dos, que sin duda lleva más tiempo detrás de ese mostrador, acierta a decir

– Está bien, véndele dos paquetes de sellos y que los pegue él.

El cliente acepta, y el amable empleado le dice son 17,60 dólares. El cliente no entiende. El amable empleado explica que cada caja contiene sellos por un valor de 8,80 dólares, por lo que tiene que comprar dos. El cliente se ríe y le propone comprar una caja de sellos y que uno de los amables empleados le haga, esta vez sí, una pegatina por valor de 20 centavos, para llegar así a los 9 dólares.

– Eso no se puede hacer, cliente.
– ¿Por qué, amable empleado?
– Porque no se puede, son las reglas, cliente.
– Ah, muy bien, ¿y me dejaría usted ver dónde están escritas esas reglas, amable empleado?

El amable empleado no entiende y ahora mira a su compañero el amable empleado dos, que a estas alturas ya le rechaza la mirada. El amable empleado dice espere un momento, cliente, y se dirige a la parte de atrás de la oficina de correos no central. Un minuto después lo ve hablando con un señor gordo que parece no entender y los dos miran al cliente, desde lejos, y el cliente sonríe, y el orondo señor, que resulta ser el eficiente encargado de la oficina no central, camina entonces con paso decidido hacia el cliente, seguido fielmente por el amable empleado.

– Buenos días, cliente. ¿Cuál es el problema?
– Buenos días, eficiente encargado. El problema es que quiero poner sellos en este paquete, no una pegatina.
– ¿Sellos por valor de 9 dólares, cliente? Eso son muchos sellos.
– Sí, unos veinte, eficiente encargado, ventiuno con la pegatina de 20 centavos.
– ¿Y por qué? pregunta incrédulo el eficiente encargado, como si hubiera un motivo oculto, indescifrable.
– Porque me gustan los sellos, porque es un regalo y porque es para [relación emotiva con el destinatario], a quien quiero mucho y a quien también le gustan mucho los sellos.

El eficiente encargado mira al amable empleado y le dice está bien, hazle la pegatina por valor de 20 centavos. Y al cliente le dice está bien, no hay problema, que tenga un buen día, gracias. Y se va. El amable empleado le da al cliente una caja de sellos y le cobra nueve dólares. El cliente se retira, que ahora sí hay cola, pega los sellos uno a uno, haciendo dibujitos en el paquete, y después se lo da al amable empleado, que imprime una pegatina por valor de 20 centavos y la pega en una esquina del paquete. El cliente espera. El amable empleado no lo mira pero dice ya está todo. El cliente le dice gracias. El cliente le dice gracias. Gracias, le dice el cliente, más alto esta vez. El amable empleado se da la vuelta y dice sí sí.

Al salir de la oficina de correos no central, el cliente sabe que el paquete nunca va a llegar a su destino.

Anuncios

3 pensamientos en “

  1. A veces los paquetes sí llegan a su destino, y la persona destinataria del mismo lo mira y lo remira. Qué bonito, qué letra tan clara, cuántas campanitas, y qué difícil abrir el sobre, jolines, ¡con lo impaciente que estás!Y te emocionas un montón, y casi hasta puedes ver a la persona remitente comprando cada cosita, envolviéndola, atándola con un lacito, escribiendo la carta, enrollándola, poniéndole un pedacito de celo transparente que queda finísimo. Ay, ¡qué bonito es estar viva!

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s