La señora de al lado, que ni siquiera se ha dignado a mirarme a los ojos cuando se ha levantado para que pudiera sentarme en mi sitio, se santigua mientras yo me concentro en mover los dedos despacio para que la palma de la mano esté totalmente apoyada en el reposabrazos, pero sin tocar la carpeta que está apoyada en el bolso que he dejado en el asiento que queda libre entre la beata y yo: los brazos enteros, desde las manos hasta los codos, tienen que estar apoyados, y lo mismo con los pies, sin zapatos, firmes en la moqueta que a saber desde cuándo no se limpia. Pero es así, en cada vuelo, al despegar y al aterrizar; y si sólo fuera eso. Así que cuando he visto a la señora hacerse la señal de la cruz en el pecho, le he dado las gracias -telepáticamente, todo sea dicho- por incluirme, a mí y a todo el vuelo Bilbao – Madrid, en su pedido de protección. Y hasta he pensado que podría incluir ese gesto en mis ritos aeronáuticos, pero inmediatamente lo he desechado, y no por razones antirreligiosas -todo vale a nosécuántosmil metros de altura-, sino porque no por dios, ya no más, que ya tengo suficiente con lo que tengo, que no sé en qué momento lo adquirí, pero que en buena hora. El vuelo bien, gracias.
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