Hoy el señor polaco del metro llevaba puesta una especie de delantal y una gorra de Jägermeister. Delantal nunca había llevado; gorra sí, porque recién ahí me he dado cuenta de que nunca le había visto la cabeza entera. Hoy tocaba una música más triste. Tenía apuntado en mi agenda que tocaba los lunes. Por eso y porque la música era más triste, hoy todo era algo más extraño. No me atrevo a mirarle a los ojos, nunca, pero me coloco siempre hacia él, fijo la mirada en su brazo o en su maleta llena de pegatinas, para que él sepa que yo estoy. Al subirme al metro, me ha despedido con el arco del violín.
Tengo que juntar las fuerzas para ir a hablarle, por ahí esconderme detrás de una grabadora; quizá entonces algo tenga sentido.
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