Durante un tiempito, y un tiempito largo, además, fue cotusmbre. Uno de los dos agarraba el libro que tuviera más a mano, lo abría por la página 231, elegía la cuarta oración. A partir de ahí, teníamos veinte minutos para subir algo al blog. Era el ejercicio matinal, un engrasar la muñeca para todo el día. Escribimos primero en Baires, desde mi casa de Balvanera y la suya de Almagro, luego desde la suya de Caballito y yo ya desde Jersey, y unas pocas veces desde Brooklyn. Esto ya lo había contado antes.

Hoy nos ha dado por retomar las buenas lindas costumbres. Que si tenía algún libro a mano, me ha preguntado. Unos quincemil, he respondido. Así que me he levantado, he ido hacia la primera estantería y el libro al azar era en castellano. Hace casi una semana que estoy en esta casa. Hay libros por todas partes, de poesía sobre todo y en todos los idiomas, hay una luz espesa que se posa sobre los muebles, hay vinilos. Casi me había olvidado del placer de una casa sola, de los muebles vividos por otros y que por eso te acogen como si fueras la única. Una sabe, y defiende además, que la vida está fuera, pero qué ganas de quedarse aquí hecha un ovillo, de leérselo todo, de escucharlo todo, de escribir en esta mesa en la que antes ella escribió sus poemas. Con el horizonte de Nashville, al fondo.

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