Los fines de semana me vuelvo meticulosa. Antes de salir de casa, calculo con precisión el camino que tengo que tomar para llegar a mi destino. Da igual que tenga que bajarme una estación antes o que tenga que caminar seis cuadras más. La premisa es clara: evitar, a toda costa, pasar por Union Square. Es que el mundo entero se junta en esa plaza los fines de semana: turistas y neoyorquinos, todos como despistados pero andando rápido, chocando en los otros como un campeonato de bolos gigante. Y no. Hasta el sábado pasado. Llevábamos ya un rato desencontrados y decidimos juntarnos en la esquina de Broadway y la plaza, justo frente a ese carrito de perritos calientes que te perfuma el pelo por las mañanas cuando vas a la universidad. Yo llegué un poco antes. Y tuve que ir al baño. La naturaleza no siempre es sabia; el único baño al que una puede ir en Union Square está en la planta de arriba de Whole Foods, un supermercado que, si ya está lleno los días de labor, imagínate los fines de semana. Y aún así. Subí, pero ya sabía lo que me esparaba. Una cola larguísima, como de veinte mujeres. Y sólo dos baños. Mientras, los hombres entraban y salían de su puerta, algunos bajaban la cabeza para no sentir que los pulverizábamos con los ojos, otros nos miraban con sorna. Porque en el baño de los hombres, de más está decirlo, no había cola. Y de nuevo el no conocer las reglas. Porque una, en Bilbao, en Madrid, en Buenos Aires, espera a que se quede libre y entra al baño de hombres sin problema. Pero en este país, capaz que llega la policía montada y te canta tus derechos. Hasta que llegaron dos señoras decididas y preguntaron a un hombre que salía si quedaba alguien dentro. Y al oír que no, ahí que van las señoras y miran un poco hacia la cola como para buscar aprobación. Y yo me uno, claro. En dos minutos hemos organizado un sistema de rotaciones en el que, mientras una mujer entra al baño, otra espera dentro y la tercera hace guardia fuera. Cuando por fin es mi turno, oigo voces femeninas diciéndole a un hombre que no puede entrar y el hombre no se queja. Al salir, por primera vez en mi vida, veo una cola de hombres para entrar al baño. Así tuvo que empezar más de una revolución.
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