Nos levantamos temprano, tomamos el café en el metro. Nos pusimos en la cola. Luego en otra cola que era más bien montón y luego en la cola definitiva, en la que pasamos seis horas. Llegó mi turno. Yo estaba nerviosa y no sabía muy bien por qué. Caminé hacia ella, que aún no me miraba, y de repente la consciencia de mi cuerpo todo, que era como de goma y torpe. Me senté y apoyé la espalda en el respaldo de la silla. En las horas previas, había tratado de decidir cómo me iba a sentar, si con las piernas cruzadas o no, si inclinada hacia ella o no, y había llegado varias veces a la conclusión de que no quería pensar más. Ahora todo eran preguntas, en esos segundos del principio, y ella levantó los ojos y sonrió. Pensé que le daba ternura el temblor de mis labios. Ahí sí pensaba. Mucho. Pensé también que tenía que respirar profundo, concentrarme en ella, soltar la cabeza. Y me descubrí cantándole y así me olvidé de que yo era, de que yo estaba, de que yo. Nunca antes había mirado a alguien así, profundo, sin nada a cambio, sin condiciones; sin conocernos. Me pareció hermoso. También me pareció que hace muy poco tiempo esto me hubiera resultado un acto de papanatismo extremo, pero ni siquiera tuve que descartar ese pensamiento porque se fue solo, porque de hecho yo lo había traído como forzado, para poner un poco de crítica al asunto; pero no. Y además aún no me iba. Porque no había terminado, porque quería estar ahí, porque comprendí que no tenía que sonreír con los labios ni acercarme mínimamente a ella para que ella entendiera lo que le decía. Gracias, por ejemplo. Sólo con los ojos se podía todo, hasta escucharnos enteras. Parar el tiempo y estar completamente ahí, presente. También estaba la respiración, la emoción profunda sin ningún motivo más allá de la emoción profunda. Íbamos a llorar. Me vi intentando parar las lágrimas con las uñas, arañando fuerte la silla.

El jueves me senté frente a Marina Abramović.

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