Viene mucha gente a Nueva York. A visitarla a una, a veces, a visitar la ciudad, las más. Así que últimamente estoy redescubriendo a personas que no veía desde hacía tiempo. El otro día volví a ver a L. Lo conocí en París, en el Théâtre de verre, era uno de los okupas más activos y que más tiempo llevaban allí. Ahora iba con zapatos, de punta, brillantes. Me sorprendió. Se lo dije. Yo siempre llevé zapatos, él. Luego se puso a hablar de cuando era jipi, o no, mejor dicho de cuando era político, porque ahora soy más jipi que antes. De a poco me di cuenta de que los zapatos eran todo; de que él entero era otro. Me pregunto si él era consciente. Me pregunto también qué pensarán los que no me han visto en mucho tiempo, qué pensaría, sin ir más lejos, él. Es extraño. Una se pasa la vida escorándose hacia la persona que quiere ser, pero al mismo tiempo quiere haber sido siempre la misma, sólo que de repente se destapa. Como algo de la esencia, como si siempre una hubiera estado ahí, siempre con zapatos de charol, con aquellas parisinas que sonaban como a recital los domingos cuando llegabas tarde a la iglesia.
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