Consulado argento. Lectura conmemorativa del bicentenario. Escritores amigos. En el público, más amigos y también señoras rubias y estiradísimas de las que corren con su entrenador personal por la costanera de Rosario; esos acentos alargados y esas caras exactamente repetidas de un asiento a otro. Después, empanadas de carne (no cortada a cuchillo, todo hay que decirlo), Malbec y cuando llegan las ocho la luz empieza como a apagarse de a poco, pero nadie se mueve; excepto la mano del ordenanza, que sube y baja el interruptor y nos dice que ya es hora. Salimos todos, sin prisa, y nos quedamos en la puerta, haciendo lo mismo que hacíamos dentro. No me acordaba de cuánto extrañaba Baires.
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