Martitzena 13

De pequeña no me daban miedo las inyecciones, se ve que entonces tenía más sangre en el cuerpo. Siempre iba la primera a que me pusieran todas las vacunas y me reía de Lorea, a la que tenían que llevar a rastras a la enfermería porque se desmayaba nada más ver la aguja. Aunque hubiera tenido miedo, mi reputación de niña dura nunca me habría permitido reconocerlo. Algo parecido pasaba con las supersticiones; yo era siempre la primera en pasar por debajo de las escaleras que estaban contra la pared, en perseguir gatos negros. No sé cuánto de pose había en todo eso, seguro que bastante, así se iba construyendo una, supongo. Lo que sí sé es que había una que esperaba como agua de mayo, y justo era la que menos llegaba: el martes trece. Por una parte, porque me pasaba el día diciendo “ni te cases ni te embarques”, que aún hoy sigo muy bien sin saber qué significa. Y, por encima de todo, porque mi madre decía que la única manera de espantar la mala suerte ese día era llevar joyas. Y ahí de repente me volvía la más supersticiosa y me emperifollaba para ir a la escuela. Y con consentimiento materno.

Traducciones de términos literarios:
Enfermería: aula normal y corriente en la que la señora enfermera se sentaba detrás de la mesa del profesor para pincharnos el brazo. Preferentemente quedaba al lado del botiquín de la pared. Pero la palabra enfermería da un nivelazo, a que sí.

Niña dura: chicazo.

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