Tiene que haber algo en esa necesidad de recordar.
La de narrar es casi evidente: una cuenta, se hace, se va creando a medida que se dice a sí misma a través de los otros. Se inventa máscaras con la secreta esperanza de que los otros vean la misma, pero sin verla, o apenitas.
Pero recordar es otra cosa. Hay algo como de acto fallido en el simple hecho de atesorar historias, la certeza ineludible de que las palabras se desparramarán en el momento mismo de ser liberadas; memorizar como quien va al mercado y sabe que volverá sin las patatas, aunque estuvieran en el primer puesto de la lista. Pero aun así.
Los bertsolaris, viejos payadores vascos, se inventaron una manera de pervivir más allá de la ortografía. Cómo empezarían esos retos, cómo se definiría la métrica exacta de cada forma, cómo una mañana un hombre se despierta y empieza a rimar, y desafía al vecino, y la tradición se funda hasta convertirse en seña de un pueblo que canta para existir, como todos los pueblos, pero un poco diferente. Durante unos minutos, la ilusión del recuerdo preciso lo llena todo; después, se puede olvidar. Pronto sabremos quiénes somos.
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