La obra ha terminado y los actores reciben los aplausos. El público está tan cerca que parece parte de la pieza. En la segunda fila, una mujer posa su bolso en el asiento contiguo con una delicadeza que anuncia ya la gracilidad de su incorporarse arqueando apenas la espalda, hacer una pausa mínima, como para confirmar la posición exacta de su cuerpo, mirar fijo hacia el escenario, aplaudir.

Su serenidad es más poderosa que la estridencia cegadora de las luces,que el saludo humilde de los actores. Hay algo en su gesto que lo llena todo. No precisa mirar hacia los lados para comprobar si hay más gente en pie –no, no la hay. Está como envuelta de una dignidad chiquita, sin ostentación, de quien se sale de sí para agradecer al otro. Es imposible dejar de mirarla.
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