Idioma

Hace unos días, Alberto Núñez Feijóo dijo en una entrevista que, en Galicia, “los padres podrían elegir la lengua en la que sus hijos aprendan a leer y escribir” y que “los alumnos podrán dirigirse al profesor y hacer los exámenes en la lengua que consideren oportuna.” No es un tema exclusivo de esta Comunidad Autónoma, pero es que lo de Galicia tiene tela. Para qué hacer políticas lingüísticas si luego el niño puede hablarle lo que le dé la gana al profesor. O, mejor, para qué hacer planes de estudio; ¿qué pasa si a un niño se le antoja responder que cinco por cuatro son la capital de Jordania, o que un complemento directo es un mamífero? Y si, además, los padres están de acuerdo, pues ya está. Con la libertad individual hemos topado.

Hoy Joan Garí firma en Público una columna sobre el tema y en los comentarios se ha armado un jaleo interesante. Lo que me sigue sorprendiendo, a pesar de lo acostumbrada que debería estar a estas alturas, es que gente que se considera progresista en otros aspectos de su vida pueda ser tan retrógrada cuando se habla de lenguas cooficiales. En España, en cuanto se toca la fibra nacionalista, a la gente se le nubla la vista; tal vez haya una conexión física, habría que investigarlo.

Somos cazurros. Tenemos un país con cuatro idiomas oficiales, y resulta que, además, uno de ellos es el único idioma pre indoeuropeo de todo el continente. Y nos da igual, porque sentimos las políticas de fomento y normalización como una imposición nacionalista. Como si cultivar un idioma fuera un ejercicio patrio. Y lo siento, pero no. Hagan lo que hagan los nacionalistas de una y otra parte, el idioma es riqueza, es cultura, es algo que suma, nunca resta.

Luego, claro, las razones puramente nacionales, el miedo a la diversidad y a que España se nos rompa, se disfrazan de razones prácticas: que si un niño aprende peor castellano por estudiar en euskera, como si los niños tuvieran una parte del cerebro limitada para aprender idiomas y una vez que se llena, ya no se puede aprender más. Y como si la educación española fuera tan bien y no existiera un altísimo porcentaje de niños que no sabe redactar ni una línea, tanto en comunidades bilingües como en las monolingües. Como si hubiera que elegir entre el castellano y la otra lengua. Y es que además, todo esto sucede en un país en el que salimos de la escuela sin hablar una palabra de inglés, a pesar de haberlo estudiado durante ocho años.

Cómo hacer entender que los idiomas no son ideologías. Que lo que sí son, es maneras de entender el mundo. Y que, cuando desaparece uno, ese mundo desaparece con él. En fin, que Spain is different, ya lo decía el otro.

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3 pensamientos en “Idioma

  1. Totalmente de acuerdo en que los idiomas son riqueza cultural y no ideologías y en que esto se olvida en España con demasiada frecuencia, pero por todas las partes. Que la vasca, por ejemplo, sea una sociedad con dos lenguas oficiales obliga a su gobierno a preservar esa riqueza cultural y a defender los derechos de los hablantes de cualquiera de ellas (especialmente de los de la minoritaria, claro). De ahí, sin embargo, lo que no se sigue es la "normalización", palabra que me da escalofríos de sólo escucharla. ¿Por qué en una sociedad con dos lenguas todos los ciudadanos deben ser necesariamente bilingües para ser "normales"? ¿Qué "norma" obliga a este bilingüismo universal? Pues una eminentemente ideológica, claro, la que busca la recuperación de una supuesta comunidad vascófona en la que el castellano se introdujo como algo foráneo. Algo que es, como poco, históricamente inexacto. Estos discursos, desde luego, hacen un flaco servicio al idioma que instrumentalizan. Hace poco lo advirtió el Consejo Asesor del Euskera.

  2. Jaime, "normalizar", según lo entiendo yo, significa regular y estabilizar, no imponer el bilingüismo. Pero sí garantizar que la opción de ambas lenguas se cumpla en todos los lugares posibles. Evidentemente que no es cuestión de recuperar una supuesta comunidad vascoparlante, sino de fomentar su uso ahora, no como "herederos de una comunidad oprimida a la que han robado su lengua", sino como personas conscientes de que el euskera es algo tan valioso como las cuevas de Santimamiñe, o incluso más, porque lo podemos usar día a día y ver cómo va evolucionando con nosotros.Que algunas políticas del Gobierno Vasco han sido contraproducentes no hay ni que discutirlo, pero lo que no se puede hacer (y no digo que tú lo estés haciendo) es tachar cualquier política de normalización (que para mí la palabra sí tiene fundamento) de nacionalista, porque entonces caemos nosotros mismos en el juego del nacionalismo (juego que me cansa y cuánto, por dios).Y un poco de historia-ficción para pasar el rato: ¿qué habría pasado si no hubiera existido una política sobre el euskera en el País Vasco? Probablemente que a estas alturas a) lo estarían hablando en un caserío de Oñati y tendríamos que pedir cita con dos meses de antelación para ir a visitarlo -como en Santimamiñe y b)sería patrimonio exclusivo del nacionalismo más radical, algo que ahora no es así, porque muchos no nacionalistas entienden el euskera como riqueza, como seña identitaria no excluyente, y lo usan cada vez más. Como muestra, un botón.

  3. Con esa postura sí estoy de acuerdo, claro, y ojalá se camine en ese sentido, porque me da que hasta ahora no han sido estos móviles los que subyacían a las políticas lingüísticas en Euskadi..

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