Hace unos días que me acuerdo de C., compañera de trabajo de París. Las conversaciones laborales pasaron pronto a la vida personal, a las confesiones de una recién llegada que de pronto tenía en frente a alguien que la quería escuchar. Aterrizar en París es duro. Y sobrevivir en París también; ella había llegado joven de Nicaragua, había conocido a un francés, se había casado. No tuvieron hijos. El francés se murió un año antes de que yo la conociera. Cuando me lo contó, me dijo que la soledad se le vino encima el primero de enero, cuando estrenó agenda; en la primera página, se encontró con esa línea que dice “en caso de emergencia, llamar a”. Y no tenía a nadie.

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