If I feel physically as if the top of my head were taken off, I know that is poetry.
Emily Dickinson

Mira que me habían avisado. Y aún así, tardé en leerla, tal vez como una especie de premonición, nunca se sabe. Hasta que, una noche de insomnio, descubres el desgarro de la pérdida convertido en luz, la cotidianeidad que se eleva mediante la observación poética. Y todo con la sencillez de quien no aspira a decir. Pasa pocas veces, leer un libro y decir esto es. Cuando ocurre, la fascinación inicial, sin dejar de existir, da paso al desconcierto del ahora qué. En esas estamos.
Circe Maia. Destrucciones. 1986.

Destrucciones I

La primera observación es sobre la extraordinaria facilidad de la destrucción, la desproporción monstruosa entre el efecto y la causa. La causa puede ser pequeñísima —un menos o un más de un gesto, de un movimiento, un grado más de temperatura o de presión— y todo vuela por el aire.

Hace un momento tenía en la mano una taza de café, de loza común, con un dibujo de flores celeste en el borde. He hecho un movimiento torpe y la taza ya salta al suelo, mientras la otra mano hace un gesto inútil. La loza estalla en pedazos contra el piso y el aire se sacude en ondas imprevisibles un momento antes: el ruido tan especial —seco, duro— de la rotura. Este ruido podría interrumpir por sí solo la más compleja cadena de razonamientos (que no la había, pero supongamos que la hubiera); podría alterar la expresión de un sentimiento (tampoco es el caso), pero de cualquier manera, conmueve extrañamente.

Al recoger los pedacitos se piensa absurdamente en la posibilidad —el solo pensamiento eriza— de poder volver atrás un minuto, (¡Sólo un minuto! ruega infantilmente una voz por detrás de la razón) y corregir entonces el falso movimiento, la brusquedad del gesto que provocó el pequeño accidente. Cronos ni se molesta, naturalmente, en escuchar el ruego.

Mientras se retiran los pedazos se piensa en el complejo proceso industrial que les dio su realidad de hace un instante. No sabemos bien cómo se fabrica la loza, pero es un proceso difícil, que exige muchas condiciones. Es totalmente impensable que cualquiera se ponga, en cualquier momento a hacer, de la nada, una tacita blanca con flores celestes. Y sin embargo es muy pensable que cualquiera, en un gesto de ira o de descuido —como en este caso— la condene, sin apelación, al basurero.

Sus compañeras están guardadas en un mueble del comedor reposando en la indiferencia de lo inerte. Parece que por el hecho de ser cosas su ignorancia fuera a la vez más inocente y más feroz. Que las cosas ignoren olímpicamente todo lo que ocurre a su alrededor nos parece muy propio de ellas y sin embargo los niños no las ven así; sienten la familiaridad de ciertos objetos y el distante desdén de otros. Sienten que hay muebles introvertidos, con todas sus puertas siempre cerradas y otros expresivos, sociales, cuyas puertas cierran mal y cuyos cajones se abren continuamente. De mayores, perdemos estas vivencias. Ahora han vuelto, en cierto modo. El hecho es que la rotura de la tacita sigue doliendo, fuera de toda proporción.

A nadie se le ocurriría inventarle un paraíso a las cosas y no sería, sin embargo, inimaginable. Allí irían los objetos buenos, como las copas, los platos, las cucharas, y serían reparados y estarían para siempre, nuevos y brillantes, sin herrumbre y sin polvo, con aristas resplandecientes.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s