Is enough enough?

Me ha quedado un título muy al estilo Bilbao-Limerick, y no es para menos, porque este post tiene su origen en uno que acabo de leer en ese blog y que se refiere, a su vez, a una entrada de Un libro al día, el blog que mi amigo (y esposo) escribe junto a otros amigos (éstos aún no cónyuges míos). Resulta que, hace unos días, Jaime publicó esta reseña sobre El libro de Urantia, obra (¿obra?) que yo desconocía hasta hoy. Según explica Santi en su blog, el libro en cuestión, “[s]egún los creyentes del Libro, […] fue dictado por extraterrestres a un grupo de personas en Estados Unidos en los años 20. En él se habla -literalmente- de todo lo divino y lo humano: la composición del universo, la jerarquía de dioses, ángeles y demás seres celestiales, la evolución de las razas humanas, mezclando la Biblia con los conocimientos científicos más o menos en voga en el momento en que se redactó, y con un (meta)lenguaje hermético y rebuscado que tira para atrás. En resumen, se trata de un libro tan confuso y ridículo, que podría pensarse que se trata de una broma muy elaborada, si no fuera por dos cosas: que resulta aburridísimo, y que hay gente que se lo toma realmente en serio.”

Como de esto ya han hablado muy bien Jaime y Santi, os recomiendo que leáis los dos posts que he enlazado al principio para saber más sobre el tema. Pero mis tiros no van por el libro en sí, sino por la discusión que su reseña ha generado en Un libro al día. De eso también habla Santi y la discusión se puede leer, en directo, en la sección de comentarios, debajo de la reseña de Jaime. El caso es que una persona (aunque tampoco tenemos datos de que se trate de una persona, ¿no? tal vez sea uno de los extraterrestres que dictó el libro a los gringos) ha empezado a defender el libro en el blog y a acusar, a su vez, a Santi y a Jaime de ser “gente cerrada” y con prejuicios por no abrazar la fe (él dice , tal vez se trate de algo diferente, no sé muy bien) que propugna el libro antes de criticarlo comme il faut. Lo gracioso del asunto, entre otras cosas, es que el urantiano/urantino/urantista en cuestión no sabe que se ha metido a debatir con dos tipos como Jaime y Santi. Que está hablando con dos jovenzuelos muy inteligentes como si les estuviera descubriendo la gran verdad (él dice Verdad o incluso VERDAD, pero tampoco sé si es lo mismo que con minúsculas, ya he dicho que soy una profana en la materia). Que le dice a un (casi) doctor en filosofía que si un día se descubre a sí mismo “buscando respuestas importantes a cuestiones importantes”, lea el libro. Y, lo peor de todo, que los llama “amigos” y que los trata con tal condescendencia y de una manera tan magnánime que lo único que una quiere hacer es 1) sacudirlo para ver si tiene sangre en el cuerpo (ajá, me acabo de dar cuenta de que si es extraterrestre no tiene por qué tener sangre en el cuerpo, que cerrazón mental la mía) y 2) tener una discusión con él cara a cara, sin nada escrito de por medio, porque por escrito, aunque las cosas quedan grabadas, es difícil llevar al otro por los cauces de la discusión que una quiere, ya que el otro puede resguardarse en un solo argumento y no salir de ahí (en el caso del urantista, que ese libro sólo puede leerse desde la fe).

Todo esto me ha recordado a un sentimiento parecido que he tenido este fin de semana a causa de la dichosa sede de los Juegos Olímpicos. Resumo, que me está quedando un poco urantista esta entrada: yo publiqué en mi muro, en facebook, un enlace a este artículo, en el que básicamente los compañeros de Izquierda Anticapitalista de Madrid decían que la ciudad no necesita ser sede de las Olimpiadas, por muchas razones, pero principalmente por el derroche de dinero que iba a suponer (y que en parte ya ha supuesto) para la ciudad y para el estado. Ya sabía yo que me metía en terreno pantanoso, porque mucha gente estaba experimentando ataques de nacionalismo inusitados con el temita éste, pero la verdad es que a una ya, tras veintitantos años de vivir en el País Vasco, le cansan las cutreces patrioteras “y además una cosa: yo no tengo problemas en meterme en camisas de once varas” (que dijo el bueno de Nicanor Parra). Respondió a mi enlace una ex compañera de universidad, diciendo que “eran puestos de trabajo que ya no se van a crear”, esa razón de oro que puede justificar desde la apertura de una cárcel (todos queremos trabajar de carceleros, aunque sea a media jornada) hasta la instauración de la pena de muerte (trabajo para los verdugos y además los ajusticiados dejan de engrosar las filas del paro). La chica en cuestión decía, además, que “de cutreces, Río no se queda corta”, que realmente no sé a qué venía. Como a una le gusta debatir, y más aún cuando se trata de política y de nacionalismo (porque al fin y al cabo esta discusión no es más que eso, patriotismo soterrado, y de eso sí que valdría la pena hablar), respondí hablando de la precariedad de esos puestos de trabajo potenciales, de cómo el único beneficiado iba a ser el redundante binomio “Gallardón y el capital” (que no la capital); la respuesta no se hizo esperar, pero el rumbo sí que era inesperado: mi interlocutora criticaba que “habláramos” de Madrid sin conocerlo y confundía mi -nuestra- crítica a la gestión de la parafernalia de las olimpiadas con una crítica a la ciudad en sí. Evidentemente, yo respondí que 1) el comunicado lo habían hecho los integrantes de la asamblea de Izquierda Anticapitalista en Madrid, que supongo conocerán la ciudad y 2) me pareceía paradójico ese doble rasero para criticar: yo no podía criticar a Madrid sin conocerlo en profundidad, pero ella podía hablar de Río con total impunidad, ciudad que, en el mejor de los casos, conoce tan bien como yo Madrid. La discusión siguió por unos mil derroteros más, pero no conseguí que la chica se hiciera cargo de que no era justo que ella opinara de Río con total libertad (es más, siguió con argumentos del tipo “y mucha gente coincide conmigo en este tema”) y que mis argumentos sobre Madrid fueran automáticamente inválidos porque no he vivido en la ciudad. Y de entrar en temas serios, como la manipulación que se estaba haciendo de la ciudadanía para servir a los intereses del capital, ni hablar, claro. Lo que hice, como Santi y Jaime, con el (osc)urantista, fue decir “aquí me quedo, porque evidentemente no estamos hablando con los mismos parámetros”, que es una manera más comedida de decir “si tuviera tiempo me encantaría seguir eternamente hasta desmontar esas falsas premisas y esos non sequitur, pero tengo otras cosas que hacer, así que te concedo el tan ansiado honor de tener la última palabra”.

Para terminar, sección de citas y de reflexiones varias, que éstos sí que son argumentos de autoridad y no los de Diviningtón:

  1. Decía Javier Ortiz que, cuando se daba cuenta de que la persona con la que estaba discutiendo se le salía por la tangente una y otra vez, paraba la discusión, pero le hacía saber a su interlocutor que se daba cuenta perfectamente de la estrategia que estaba utilizando y que, simplemente, era “juego sucio”. Una especie de “para ti la perra gorda, pero que sepas que a mí no me las das”.
  2. Discutir con el urantista éste “es como intentar tomar el té con una fregona”, Jaime, FB-V, III, 2009
  3. Por lo tanto, definitivamente:
    DIOS ES EL PUNTO TANGENTE DE CERO Y DEL INFINITO.
    La patafísica es la ciencia…” , Doctor Faustroll, Libro VIII, Ethernidad.

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Un pensamiento en “Is enough enough?

  1. Jajajj, me ha encantado lo del (osc)urantista.. Es frustrante esto, sí, pero uno no puede evitar sentir un (muy probablemente absurdo) sentido del deber. En el día a día te sientes legitimado para criticar las carencias de la razón y denunciar el cientificismo y cosas así. Luego, de pronto, te salta un tipo como éste y descubres en tu interior un pequeño Comte. En fin… Lo de Javier Ortiz me ha recordado una anécdota que contaba Borges, sobre un hombre al que le tiran un vaso de agua en plena discusión y responde, impasible: esto, caballero, es una digresión; espero su argumento.

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