This is the Friday night Nuyorican Cafe,
we are here
and Obama is in the fucking White House.
Make some noise!!

Así empieza la noche en un café del Lower East Side, después de una hora de cola frente a las puertas de este lugar que Allen Ginsberg llamó “the most integrated place on the planet”. La fila de espera anuncia lo que va a ser la noche: rubias germanísimas junto a jamaicanos de pantalones caídos, unos turistas holandeses preguntan al portorriqueño que flanquea la puerta si la sala es lo suficientemente grande para albergar a toda esa gente. Qué más da si es suficientemente grande o no, entrar van a entrar, les dice y ellos no parecen entender hasta que ya están dentro: las sillas disponibles se han ocupado en cinco minutos y el resto de la gente empieza a sentarse en el suelo, en las escaleras que llevan al baño, incluso alrededor del baño y encima de la mesa de los holandeses que, una vez más, miran con ojos de no entender. Se apagan las luces y Mahogany, afroamericana, voz potente, aura aún más, sube a la tarima y pronuncia las palabras ya citadas. Tienen que hacer ruido, nos repite, porque hoy empieza la temporada y nos están grabando y porque estamos vivos. Suena música, bailamos, se apaga la música y Mahogany pide cinco voluntarios del público para ser jueces, así que levanto instintivamente la mano y me dice perfecto. Después me entra miedo porque yo nunca he sido juez de una cosa así y voy a decírselo, y ella me dice “mucho mejor, entonces”.

La poesía empieza con J.W.Baz, un poeta de Chicago que nos hace reír y estar muy callados y suspirar en los finales, todo a la vez y sin que parezca raro. Media hora de escuchar atentamente y aplaudir como posesos hasta que llega el turno de la competición de Slam, con seis participantes – y cinco jueces. Los slammers recitan, tres poemas cada uno, a turnos. Nuestra preferida es Samantha, que recita pausada y sonriente, y que abre su intervención con una Ode to twins, dedicada a las mujeres que están “bien dotadas”. La ganadora de la noche es Sharon, joven Sharon del Bronx, que recita un poema sobre Irak y otro sobre su novia y otro no me acuerdo bien, pero lindo igual.

Hace tiempo que veníamos hablando sobre poesía y oralidad, preguntándonos si no habrá algo que se pierde al leer un poema, si la poesía no es algo eminentemente público. El viernes, unas cien personas nos reunimos alrededor de la palabra, y funcionaba. Tal vez la respuesta esté a la vuelta de la esquina.

Grapes, green, no seeds...
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