En San Diego, se empezaron a dar cuenta de que la biblioteca se les quedaba pequeña. Hicieron cálculos y llegaron a la conclusión de que tenían que deshacerse de unos quince mil libros. El problema – el otro problema, digo, además de tener que desprenderse de tal cantidad de libros – era que no había ninguna otra institución en la ciudad que pudiera hacerse cargo de ellos: falta de espacio, trabas administrativas y no sé cuántas cosas más. La solución a la que llegaron fue simple: destruirían todos los libros que no se hubieran prestado en los últimos diez años. Entonces dio inicio la operación rescate: cada día sacábamos el máximo posible de libros de la biblioteca y nos sentíamos como una especie de guerrilleros de la literatura universal. Cualquiera lo hubiera hecho: nunca salvar a un libro de la quema había sido tan fácil . A mí me dio un ataque de patriotismo sin precedentes y empecé por el terruño, creo que la primera fue Ángela Figuera y después seguí con el resto de la generación del 50. Llegué a liberar, incluso, libros de mis profesores preferidos en la universidad y hasta manuales polvorientos de métrica y de historia de la lengua.
Hoy he sacado de la biblioteca de NYU una antología de Luis Rosales – una edición de 1984 – y al ir a poner el sello con la fecha de devolución, me he dado cuenta de que el libro ni siquiera tenía la etiqueta de préstamo. Nunca lo hubiera pensado, nadie sacó nunca a Luis Rosales de esta biblioteca. Y he sentido por dentro un poco de ese orgullo de libertadora de mis tiempos californianos.
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