Lo sé, en mi perfil sigue poniendo Buenos Aires, Argentina. No dice que vivo en Buenos Aires, ni que soy de Buenos Aires, sino, simplemente, Buenos Aires, Argentina. Llevo tiempo pensando que debería cambiarlo, pero al final nunca lo hago. Es que Buenos Aires, me he dado cuenta, no es una ubicación. Llevo un mes aquí y todavía no siento que mi cabeza esté fuera de, digamos, Balvanera. A veces me entran sentimientos de falta, de matar a cambio de unas mediaslunas de grasa, de pasear por Corrientes a las doce de la noche, de ponerme a escuchar chacarera siendo consciente de que soy completamente ridícula y aún así me la banco. Pero no es eso. Por una parte, supongo, que todavía no siento que esté del todo aquí. Un mes da para mucho, pero realmente tampoco para tanto. Empiezo a tener personas, pero no tengo lugares propios – qué palabra, la de propio – ni rutinas ni comidas ni una cajera en el súper a la que le suene mi cara. Eso, en primer lugar. Que para qué marcharme gráficamente de Buenos Aires si lo único que podría poner en su lugar sería “Limbo”.
Luego está lo de extrañar; lo que una elige extrañar. También llevo un tiempito pensando en lo que se echa de menos cuando se ha pasado por sitios diferentes. Y es raro. Creo que necesito una amarra, un lugar al que siento que puedo volver. Una vez me contaron que en la antigua Roma, llamaban casa al lugar del que te habías ido y donde tus vecinos pensaban que ibas a volver. Hasta llegar a Buenos Aires, ese lugar fue claramente París. Todos mis vuelos pasaban por París, siempre había una vuelta a Javier, a la universidad, al Pont des Arts. Pero la última vez que estuve allí, en esas apenitas seis horas de regreso, me di cuenta de que París ya no era más mío. Y me di cuenta también de que, hasta que no agarré Buenos Aires, no pude soltar París.

Ahora que cada vez pienso más en lo que escribo y en cómo lo hago, creo que Buenos Aires es un poco el punto hacia el que hablo. No del todo, porque mi Buenos Aires es una ciudad que viví desde mi no ser de allá y que ahora construyo desde el exterior, o sea, doblemente extraña. Y tal vez por eso doblemente adquirida, todo puede ser.

Noche porteña
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4 pensamientos en “

  1. Me da un poco de miedo, esposa mía, que la añoranza de Buenos Aires (o de París) no te deje disfrutar Nueva Jersey -Nueva York- como se merecen. No es que extrañar un lugar tenga nada de malo, pero comparar el recuerdo con el presente peude ser algo peligroso…Sólo son preocupaciones de marido viejuno, ya ves…(P.D.: Captcha: "defumis")

  2. Sabía yo que me arriesgaba, esposo mío, a esta percepción al escribir el post…Pero no me paraliza, aunque empiezo a darme cuenta, y ya era hora, de que naturalizo los lugares nuevos un poco demasiado rápidamente. Aún así, sabe que, de ahora en adelante, aprovecharé la charla con cualquier neoyorquino que se precie para preguntarle la ubicación exacta de la Ice Cream Avenue.Un abrazo, marido, nada viejuno, por otra parte…

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